Racismo, sexismo y diversas discriminaciones: Lo que pasa en la cancha, ¿queda ahí?

Por FutbolRebelde.org.- Quienes hemos jugado al fútbol sabemos que una simple palabrota, garabato o insulto en el contexto de un partido acalorado, a 200 pulsos por minuto de frecuencia cardiaca pueden desatar actitudes sumamente agresivas y violentas. Y de seguro al leer lo anterior, saldrán los que justifican el insulto y la trampa, con el argumento ya repetido que eso forma parte del “folclore” del fútbol y que sin ese tipo de polémicas, el fútbol no sería igual de entretenido.
Muchos, quizás la mayoría de los que justifican todas las malas actitudes del fútbol con el argumento del folclore, es probable que jamás hayan pisado una cancha de fútbol como jugadores, o no al menos de forma seria.  Y son también los que justifican la viveza sólo cuando se vea beneficiado su club o no les toque a ellos la agresión disfrazada de chiste inocuo, porque si les toca son los que saltan más ofendidos.

En el fútbol de barrio, con toda la hermosa construcción de comunidad que se llega a forjar al compás del balompié amateur,  un “qué te creí, ahueonao”, “no seai maricón”, “juega como hombre” o una sacada de madre en un partido disputado, desata verdaderas batallas campales. Acá abajo, a diferencia del fútbol  profesional acá no suelen haber rejas, ni guardias. Así que tan poco inocente no es.
Y es innegable, que el fútbol es un deporte de contacto, que te puede llevar a enfrascarte más allá del duelo deportivo por el balón, pero por mucho que suceda no puede justificarse ni normalizarse nunca. Porque así como puedes llegar a calentarte y ofuscarte, creemos profundamente también en lo que decía el comunista italiano Antonio Gramsci, acerca de que “el fútbol es el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”, y no sólo porque creamos en la mirada política-ideológica de Gramsci, sino porque hemos jugado al fútbol y lo hemos vivido también en una cancha: las mejores amistades las hemos construido al calor de un balón y dos porterías.
Así de tan leal y digno,  vemos y vivimos el fútbol, que en el dialogo táctico con nuestros/as futbolistas se plantea que siempre la falta debe ser el último recurso, porque el que realiza una falta debe hacerlo con un objetivo táctico, no para  lesionar al rival, ni para demostrar más hombría, y si se pega se piden disculpas y se ayuda a levantar al rival. Y si este quedo maltrecho tras la falta, debes preocuparte por él, de su salud, de forma sincera y humana.
Eso al menos es lo que hemos conversado con los niños y niñas que han pasado por nuestras escuelas y talleres de fútbol popular. A un jugador hábil se le anula, no magullándolo sino supra-esforzándonos, física y tácticamente, para doblarle la marca, cerrarle las líneas de pases, no dejarlo pensar ni hacer. Es un quehacer colectivo, no viveza ni trampa. De calentar al rival hablándole, sacándole trapitos sucios o situaciones hirientes ni hablar. Para nosotros el insulto en una cancha no es justificable jamás. Y si este toma expresiones racistas, fascistas, homófobas, machistas, sexistas y/o xenófobas mucho menos.
A raíz de estas creencias y vivencias es que queremos plantear nuestras apreciaciones sobre rumores de actos de racismo en la liga española y en el fútbol chileno, que no han sido del todo aclaradas bajo la excusa de los códigos del futbolista y del folclore del fútbol.
En el primer caso, el aludido, por segunda vez, es el futbolista del Celta, Iago Aspas, enfrascado en un dime y direte con el colombiano del Barça, Yerri Mina. En enero, Aspas ya fue acusado por otro colombiano, el centrocampista del Levante, Jefferson Lerma, quien aseguró que el delantero gallego le había llamado “negro de mierda”. “Lo que se dice en el campo, se queda en el campo. Por ello no voy a reproducir lo que él me dijo a mí. En cualquier caso, yo no le llamé lo que él me atribuye”, expresó Aspas como defensa,  en ese momento a través de redes sociales. En esta ocasión su defensa fue una frase de la canción El Rey, del mexicano José Alfredo Jiménez…una piedra en el camino.
En el caso del fútbol chileno, el señalado es el meta de Colo Colo, Agustín Orión quien presuntamente insultó de forma racista al futbolista y seleccionado chileno, Jean Beausejour. Beausejour, el insigne jugador de raíces mapuche y haitianas, ya ha dicho que no quiere filtrar las cosas que pasaron en la cancha, ni lo que le dijo Orión, ni porque esto lo hizo enfurecerse al punto que explotó a tal nivel, que se entrampó  con un compañero de equipo, teniendo luego  que disculparse públicamente de sus reacciones.
Orión por su parte, ha contratacado amenazando con demandar a quienes lo acusan de dichos racistas, planteando que “Lo que yo digo ahí, queda ahí, es mi problema con él, pero no fue en absoluto lo que quieren decir que dije”. Lo que dijo Orión, si no fue racista tocó igualmente al lateral izquierdo de forma profunda y lo sacó de sus casillas, no debe haber sido un que te vaya bien o disfruta la ducha.
Al momento de estar finalizando esta columna, también nos enteramos que derivado de la misma polémica de Beausejour, el portero y capitán de la “U”, Johnny Herrera, se mandó un tweet, en defensa del propio Beausejour por unos lienzos puestos por hinchas de la “U”, en contra del lateral izquierdo, usando nada menos que el apelativo machista y sexista, con que los hinchas de la “U” se refieren a los de Colo Colo: “…con esto –lo del lienzo- lo que más pena me da, es que algunos estén pareciendo zorras”.  Así no Herrera, así no se defiende un club, una camiseta o a un compañero, no se hace descalificando a otros, menos insultándolos de esta forma.
Bajo el contexto actual, donde en Chile tenemos a esperpentos, como José Antonio Kast y grupúsculos neonazis-fascistas-identitarios, haciendo el trabajo sucio de la derecha empresarial, conservadora, racista, machista, homófoba y xenófoba, promoviendo la discriminación, es sumamente negativo y peligroso, que bajo la excusa del “folclore” y de los códigos de los futbolistas, no se nieguen tajantemente posibles hechos de racismo y se dejen nubes de duda, tampoco que no se investiguen hasta el final si son ciertos, y sólo se apele a que el tiempo meta bajo la alfombra todo lo sucedido…hasta que se vuelva a repetir.
El fútbol es educativo en lo positivo, pero también en lo malo, y Chile ya ha dado múltiples muestras de comportamientos discriminadores, que le han significado castigos a nivel de selección. Si los propios futbolistas no combaten de forma firme la agresividad mal entendida, la xenofobia, el racismo, el machismo  después esto  no se resolverá con una selfie con un plátano, ni llevando una cinta por el cáncer de mama o usando el apellido materno en supuesta solidaridad con las mujeres,  porque al ser los principales protagonistas los que validan estas formas de violencia, son los hinchas y principalmente los niños los que después lo reproducen y normalizan.
Quizás todos estos hechos no sean graves para las concesionarias que se robaron los clubes, ni las empresas que se enriquecen con el inmenso negocio del fútbol, tampoco para aquellos mercaderes disfrazados de amantes de un club, que se benefician de las guerras con el de la camiseta rival, para seguir disfrutando de los beneficios que traen las componendas y pactos de no agresión con los buitres y parásito, que, siendo hinchas o no del club donde tienen acciones, igualmente son los que se robaron nuestros clubes, es decir nuestros verdaderos enemigos.
Pero sí es grave para quienes entendemos que el fútbol es un espacio social, comunitario, de transformación social, de lealtad, honestidad colectiva, y donde el respeto por compañeros y rivales, es el primer jugador de nuestro equipo, el que nunca puede faltar, y que debiese ser el primer jugador de cada club. También es grave para quienes luchamos por recuperar los clubes y para las compañeras que se abren espacios a la fuerza, en base a la solidaridad de género, entre tanto machismo, promovido, por los medios de comunicación y las propias SADP.  
Que les diremos al Jhon y el Jeffry, jóvenes colombianos de la sub-18, la próxima vez que les digan monos o macacos en un cancha de fútbol? Qué le explicamos al William, al Jesús o al Anthony la próxima vez que le digan ándate pa’ tu país, por venir del Perú`? Qué les diremos a las niñas del club cuando les digan que son machorras o lesbianas, porque les gusta jugar a la pelota? Qué le diremos al Pablo, el Héctor o la Stefany la próxima vez que jueguen por nuestro club y traten de sacarlos del partido diciéndoles flaites, traficantes o que sus viejos de seguro están en cana, simplemente por ser pobladores?
Les diremos acaso que lo que pasa en la cancha queda en la cancha? No, porque eso no es cierto, menos cuando terminado el partido, y por alguna de esas agresiones salen irritados, angustiados, tristes, y con los ojos llorosos, diciendo que no quieren volver a jugar la pelota o que la próxima vez responderán y ya no con palabras iguales o peores.
Lo que pasa en la cancha no queda ahí, así que tengan cuidado los deportistas y quienes justifican todo de no generar laceraciones físicas o morales; ni de vomitar expresiones o vivezas que, una vez dichas o hechas, son imposibles de borrar.

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