La Revolución en Cuba y la importancia dada a la Educación Física

Por Oscar Sánchez Serra.- Un cuerpo débil debilita la mente: La educación física, en cualquiera de sus expresiones, es la única alternativa eficaz para mantener las potencialidades fisiológicas, la capacidad física de trabajo y conservar el estado óptimo de salud.
Pedrito no va a clases de Educación Física, un certificado médico por asma lo exime de esos 45 minutos. Tampoco Yoandry sale al patio de la escuela, porque un documento similar testifica un problema ortopédico. Lo que no saben ni ellos ni sus padres, es que están condenando su futuro a la pena máxima.
A ninguno de los dos lo piden en el fútbol callejero, son torpes con el balón; en un pitén de pelota se quedan mirando a los demás y cuando le dan un chance, o se ponchan o les cuesta llegar a primera quieto; por demás, el círculo de amigos se les cierra. Son niños muy aplicados en el resto de las asignaturas, lo que hace presagiar que mañana serían como los científicos que hoy han convertido al país en una potencia del conocimiento. Entonces, ante las extenuantes jornadas en pos de dotar a la humanidad de un medicamento tan efectivo como el Heberprot-P o algunas de las vacunas, que inmunizan ante un grupo de enfermedades, sentirán un cansancio horrible o dolores en toda su geografía humana, que le impedirían un mayor aporte a la sociedad.
Ningún niño debería dejar de hacer Educación Física y la escuela, desde el director hasta el claustro profesoral, y la familia, son responsables. Sobran argumentos para cumplir con esta actividad, pero el primero de ellos pasa porque ella es una herramienta por excelencia pedagógica, que prepara el asiento del desarrollo de las cualidades básicas del ser humano como unidad biosicosocial.

No hay que olvidar que estamos compuestos fundamentalmente por líquido y así como el agua que se estanca termina por descomponerse, igual sucede con los fluidos del organismo. Una práctica regular de la actividad física blinda nuestra anatomía y permite enfrentar cada exigencia, sea laboral, profesional o cualquier otra encomienda, con más vitalidad y energía, lo cual aporta estabilidad emocional, diligencia y perseverancia. Y esos atributos tributan otros tres muy importantes ante cualquier misión: seguridad, espíritu de colectivo y responsabilidad.
Cuando disfrutamos y nos emocionamos con una hazaña deportiva, detrás están esos elementos; el orgullo que sentimos por el papel de la ciencia en el país o por contar con unas Fuerzas Armadas Revolucionarias que garantizan la invulnerabilidad militar de la nación, pasa también por la manera en que moldeamos y preparamos la coraza que forman cuerpo y mente. Pero, ¿por dónde comienza el camino? Por la clase de Educación Física, a la que bien pudiéramos llamar la célula básica o cimiento del edificio humano.
Allá por el siglo XVI, en pleno Renacimiento, el filósofo Michel de Montaigne, a quien se le atribuye la paternidad del Ensayo como género literario, dejó como sentencia que «no es una mente, no es un cuerpo lo que educamos, es un hombre, y no debemos hacer dos partes de él». Dos centurias después, Jean Jacques Rousseau afirmaba que la mente y el cuerpo son una entidad indivisible, y sostuvo que «un cuerpo débil debilita la mente».
Desde que lanzamos el primer grito, con el cual anunciamos la llegada al mundo, comienza un proceso evolutivo, que de manera lógica y, claro está biológica, llega hasta un punto en el cual inicia uno de involución. Para ser más diáfano empezamos a envejecer. Y llegado ese momento, lo que no hicimos en la clase del patio de la escuela, en el aula más grande, la única al aire libre, es irrecuperable.
La educación física, en cualquiera de sus expresiones, es la única alternativa eficaz para mantener las potencialidades fisiológicas, la capacidad física de trabajo y conservar el estado óptimo de salud. Es ella la que retarda la aparición de los efectos negativos del envejecimiento y eleva la calidad de vida.
Mientras más temprano se comience con la educación física, mayor será el beneficio que se reciba en la etapa de adulto mayor.
Cuba tiene las opciones para que niños como Pedrito y Yoandry no queden sin la Educación Física. Profesores de esa asignatura en las áreas terapéuticas atienden a estudiantes que por problemas de salud no pueden incorporarse a la enseñanza curricular, para los cuales existen 28 programas en los municipios del país que se especializan en igual cantidad de enfermedades crónicas no transmisibles. Además, un sistema integral de promoción y salud con esos mismos profesionales, incluye la atención a personas de la tercera edad, embarazadas, lactantes, grupos de gimnasia aerobia en la comunidad y la gimnasia básica para la mujer. Es una de las pocas naciones del planeta que tiene la Educación Física establecida desde el primer ciclo de la enseñanza primaria, es decir, de primero a cuarto grados.
Pero aun cuando la solidez de los argumentos ilustra la importancia, sin el profesor, no hay Educación Física. Es él quien propicia un ambiente ecuménico, no excluyente, ni por chiquito ni por gordito; el que favorece la participación y la exige, el que ha de convencerse de que en su área lo mismo hay un futuro campeón olímpico que un Doctor en Ciencias. Si no tiene los medios, y muchas veces no los hay, debe saber que, como pedagogo, es también un creador. Es el primero que tiene que prestigiar y hacer conocer lo imprescindible de su clase, que ningún repaso u otra actividad la reemplace.
Del vasto legado de Fidel, cual si fuera uno de esos profes –por cierto, de los más queridos en la escuela— retomemos su pensamiento. El 4 de septiembre de 1964, valoraba que «se había podido observar que ciertas deficiencias en nuestros atletas eran consecuencia de la falta de educación física a la edad en que, precisamente, deben comenzar a desarrollarse los músculos y las condiciones físicas del ser humano, es decir, desde niño… La educación física es parte esencial de la educación integral de los niños…».

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