Columna: El mejor gol de la historia

Mucho se ha escrito, hablado, discutido sobre el gol del Diego a los ingleses. Ese del barrilete cósmico. Mucho se ha dicho, pero no por mí. Y ya sabemos que aquí lo importante es lo que diga yo. Nada nuevo por lo demás. Así es como, debo decir que aquel mismo año 1986, aquel mismo mundial en México, aquel mismo partido contra Inglaterra, el mismo Diego perpetraría lo mejor que se ha hecho en el fútbol. Un gol con la mano de dios. El otro gol, el segundo mejor gol de la historia, es el del barrilete cósmico, la corrida fenomenal desde media cancha. Ese segundo gol que viene a sellar la poética futbolera que significa el primero. El de la mano de dios. Entre Diego y dios hay una mayúscula de diferencia.
No voy a volver sobre el contexto histórico, sobre la guerra, sobre el norte y el sur, el desarrollo y el subdesarrollo, o el saqueador y los saqueados. Eso no es necesario porque ya todos lo sabemos. Obviamente es necesario para entender el partido, lo que estaba en juego pero ya todos sabemos lo que significa. Y para los ingleses. El asunto acá, es que hay un gran error histórico en la certeza futbolera sobre el gol con la mano y el otro. Simplemente hay un error epistemológico. Básicamente se hacen lecturas incorrectas al respecto. Vaya noticia. Después de todo, parece que no se ha tenido en cuenta la verdadera importancia de nuestra historia. Todos quienes aseguran que el mejor gol de la historia es el de la terrible corrida, el del relato mítico de Víctor Hugo Morales, lo hacen como si el fútbol fuese un ser sobrenatural, o como si no existiese realidad en él. La tan cercana y esquiva realidad. No solo de la Argentina, hablo de este lado entero del mundo. Pueden meter a Tchile y cualquier otro país del submundo.
Como sea, el mejor gol de la historia, del mundo, de los mundiales, del fútbol, de la vida, es el gol con la mano. En realidad ése no es solo un gol, es toda una abierta y explicita manifestación de principios, poética, política y religiosidad. El día que Maradona saltó, metió la mano y le ganó a un arquero el doble de alto que él, ese mismo día, ese mismo instante, se consagraba en la historia de los pueblos como el más grande poeta que la vida misma ha dado. En mi historia. Siempre he dicho que agradezco a la vida haber nacido tres años antes de ese año. Agradezco al destino haber estado en el planeta que el Diego cambió con ese gol. Era apenas un mocoso cuando pasó, pero lo importante es haber estado. Luego llegó el otro, el segundo mejor. Un par de minutos más tarde, vino lo que sería el cierre perfecto. Un arranque de talento, una teatral carrera para dar la conclusión precisa. Así debió haber sido, siempre. Pero no. Los medios, periodistas ciegos, opinantes sin fundamentos, no fueron lo suficientemente capaces para poder entender lo que pasó. Y no hablemos de la FIFA. Los medios, como siempre, aquellos medios de mierda que hacen de sus relatos sentencias eternas. Pero qué saben ellos de historia, qué saben ellos de la realidad. Mucho dirán algunos, pues bien, yo diría que en realidad se limitan a ejercer su dominio fantástico y construir mágicos y fantasmagóricos mundos. Qué saben los medios del juego de la pelota, o de política, o de historia. Qué saben ellos de las reglas diarias que tenemos que saltar para poder vivir. Qué mierda saben los medios masivos o la FIFA, de que en nuestro continente las reglas no están hechas solo para ser rotas, sino para romperlas y cagarse de la risa, o salir corriendo con los brazos levantados festejando un gol. Aunque haya sido con la mano. Porque al final esos son los que cuentan. Aún con el miedo que significa tratar de robarle la billetera a un gringo y que te pille la policía. No hablo simplemente de fútbol, hablo de poesía. De todo un mundo en un salto y una mano. Hay que ser honestos. Hay que sentenciar como se debe. No voy a andar con cuentos de príncipes azules o metafísicas del juego. Digo que si vamos a elegir lo mejor de la historia, seamos honestos, con nosotros mismos. No como los periodistas de la tele. Habrá quien entienda todo de una forma distinta, pero acá está mi escritura para que digan lo que quieran sobre ella. Mi responsabilidad incluye ser sincero, lo que más pueda, conmigo mismo como decía, y con quien lea esto. Deberían darme el premio nobel de la sinceridad.
De una u otra forma, la realidad se va mostrando a nosotros. Con el segundo mejor gol, como ya dije, el gol de las mil y una gambetas, se bajó el telón. Con aquel segundo súper gol, se agranda más la figura del 10. La mano de dios, nos dice mucho sobre lo humano y lo divino. Tratar de incluir a la historia cuando conviene para luego apartarla sin mayores reparos, me suena más a políticos y revolucionarios traidores, tecnócratas despiadados, teóricos fetichistas o periodistas lamebotas.
Hace años, en un partido con unos amigos, traté de hacer un gol con la mano, salté, hice la finta con la cabeza, golpeé la pelota con la mano, hice el gol, y salí corriendo festejando mi logro, pero no me funcionó. Mis amigos me agarraron entre todos y entre risas y burlas, me dieron unos cuentos golpes por tramposo. Fui un Ícaro cayendo inexorablemente desde lo más alto. Pero no me culpo. Si Diego lo hizo, era posible que yo también pudiera. Aunque pensándolo bien, cómo se me ocurrió siquiera la idea de hacer lo que él. Iluso.
Fuente: www.pepitochicoma.blogspot.com.ar

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