Columna de Opinión: Mucho más que una pitada

Columna de Opinión de la Izquierda Abertzale
La foto que se visualizó en el Manzanares reflejó una realidad ineludible para el estado español. La de dos naciones, que contendientes sobre el césped, optaron por reivindicar juntas, de la mano, los derechos nacionales que les corresponden, tanto ante quienes son los principales responsables de su conculcación, como ante el resto del planeta que esperaba expectante un partido entre dos de los equipos de fútbol mas atractivos.
Ese ha sido fundamentalmente el elemento más significativo de la masiva pitada. Miembros del gobierno español, junto con representantes de diversos estamentos del estado como la Corona, han tenido que presenciar y escuchar in situ la reivindicación de dos naciones sometidas por el estado que representan. De nada han servido los controles de carretera, las amenazas de la presidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre, el robo de símbolos identitarios y las multas por mostrarlos, la retención de miles de aficionados en los alrededores del estadio para que llegaran tarde al inicio del partido; ni siquiera la contratación de 100.000 W de sonido destinados a acallar el clamor popular por nuestros derechos nacionales.
El estado español intentó encarar esta cuestión del modo en el que suele abordar su relación para con nuestra identidad y país, bajo parámetros de confrontación e imposición de sus símbolos. Planteó una guerra en toda regla para tratar de imponerse y humillar al pueblo vasco y catalán. Pero sus cálculos han sido erróneos. Es entonces cuando ha puesto el grito en el cielo calificando la masiva expresión de voluntad como ataque al himno y a la representación institucional presente en el estadio.

La realidad en cambio, es bien distinta. La foto que se extrae de esa noche es la de dos naciones que reivindican su identidad frente a quien se la conculca. Una realidad que solo se puede entender en el contexto de la confrontación identitaria por la que optó el Estado español para negar la existencia de Euskal Herria y Catalunya como naciones. Una confrontación cuyo tono ha decidido elevar España durante los últimos años.
Esa es, desgraciadamente para la ciudadanía vasca, la oferta de Madrid para este pueblo. La negación de nuestra existencia e identidad. Tanto la manifestación de Falange, como las declaraciones de Aguirre, los controles y hostigamiento policial, los 100.000 W de sonido, la denuncia de DENAES, la censura en la retransmisión de TVE y las declaraciones posteriores, responden, en distintos grados, a la misma concepción a la hora de hacer frente a la cuestión de las realidades nacionales de Euskal Herria y Catalunya. Realidades que afronta bajo parámetros de imposición y confrontación, planteando unas relaciones asimétricas en las que tanto la identidad española como sus símbolos se impongan y marginen las restantes. La simetría, el respeto para con nuestras identidades, está a día de hoy, lejos del planteamiento del Estado español.
Euskal Herria desea una relación de aceptación y respeto mutuo entre las distintas identidades que conforman el Estado español, en la que cada identidad nacional tenga opción a desarrollarse plenamente, como postula la izquierda abertzale. En ese camino, mientras la oferta del Estado español sea la de la negación, expresiones como la del pasado 25 de mayo serán además de lógicas, necesarias. Porque contribuyen a dibujar una realidad que el Estado pretende ocultar, a la vez que le deja en evidencia ante el resto del mundo. Es por ello por lo que no podemos dejar pasar por alto el valor político de lo acontecido en Madrid, puesto que supone un pequeño paso adelante en la necesidad de conformar un nuevo marco, el Estado vasco, en el que Euskal Herria pueda a pasada final de la Copa del Rey de fútbol del 25 de mayo será, probablemente, más recordada por lo acaecido antes del inicio del partido que por el propio choque entre los finalistas Athletic y Barça. La foto que se visualizó en el Manzanares reflejó una realidad ineludible para el estado español. La de dos naciones, que contendientes sobre el césped, optaron por reivindicar juntas, de la mano, los derechos nacionales que les corresponden, tanto ante quienes son los principales responsables de su conculcación, como ante el resto del planeta que esperaba expectante un partido entre dos de los equipos de fútbol mas atractivos.
Ese ha sido fundamentalmente el elemento más significativo de la masiva pitada. Miembros del gobierno español, junto con representantes de diversos estamentos del estado como la Corona, han tenido que presenciar y escuchar in situ la reivindicación de dos naciones sometidas por el estado que representan. De nada han servido los controles de carretera, las amenazas de la presidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre, el robo de símbolos identitarios y las multas por mostrarlos, la retención de miles de aficionados en los alrededores del estadio para que llegaran tarde al inicio del partido; ni siquiera la contratación de 100.000 W de sonido destinados a acallar el clamor popular por nuestros derechos nacionales.
El estado español intentó encarar esta cuestión del modo en el que suele abordar su relación para con nuestra identidad y país, bajo parámetros de confrontación e imposición de sus símbolos. Planteó una guerra en toda regla para tratar de imponerse y humillar al pueblo vasco y catalán. Pero sus cálculos han sido erróneos. Es entonces cuando ha puesto el grito en el cielo calificando la masiva expresión de voluntad como ataque al himno y a la representación institucional presente en el estadio.
La realidad en cambio, es bien distinta. La foto que se extrae de esa noche es la de dos naciones que reivindican su identidad frente a quien se la conculca. Una realidad que solo se puede entender en el contexto de la confrontación identitaria por la que optó el Estado español para negar la existencia de Euskal Herria y Catalunya como naciones. Una confrontación cuyo tono ha decidido elevar España durante los últimos años.
Esa es, desgraciadamente para la ciudadanía vasca, la oferta de Madrid para este pueblo. La negación de nuestra existencia e identidad. Tanto la manifestación de Falange, como las declaraciones de Aguirre, los controles y hostigamiento policial, los 100.000 W de sonido, la denuncia de DENAES, la censura en la retransmisión de TVE y las declaraciones posteriores, responden, en distintos grados, a la misma concepción a la hora de hacer frente a la cuestión de las realidades nacionales de Euskal Herria y Catalunya. Realidades que afronta bajo parámetros de imposición y confrontación, planteando unas relaciones asimétricas en las que tanto la identidad española como sus símbolos se impongan y marginen las restantes. La simetría, el respeto para con nuestras identidades, está a día de hoy, lejos del planteamiento del Estado español.
Euskal Herria desea una relación de aceptación y respeto mutuo entre las distintas identidades que conforman el Estado español, en la que cada identidad nacional tenga opción a desarrollarse plenamente, como postula la izquierda abertzale. En ese camino, mientras la oferta del Estado español sea la de la negación, expresiones como la del pasado 25 de mayo serán además de lógicas, necesarias. Porque contribuyen a dibujar una realidad que el Estado pretende ocultar, a la vez que le deja en evidencia ante el resto del mundo. Es por ello por lo que no podemos dejar pasar por alto el valor político de lo acontecido en Madrid, puesto que supone un pequeño paso adelante en la necesidad de conformar un nuevo marco, el Estado vasco, en el que Euskal Herria pueda desarrollar en condiciones de igualdad su identidad nacional.
Fuente: http://www.ezkerabertzalea.info

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