El deporte y la revolución socialista: Los cubanos, contra viento y marea

Mijaín López, luchador de estilo grecorromano, levanta la bandera cubana al festejar el oro en Londres 2012

Por Marcelo Rodríguez
Es el país de América latina que más veces se subió a los podios en la historia de los Juegos Olímpicos. Un política deportiva con 50 años de historia.
Están prohibidas las vuvuzelas; molestan los ruidos. Tampoco los espectadores pueden ingresar líquidos que superen los cien mililitros. Ni comida. Y en ese largo listado de privaciones se incluyeron, por si acaso, los lentes de largo alcance, frisbees y pelotas; cuestiones de seguridad. Lo que el Comité Olímpico Internacional no logró justificar con argumentos sólidos es porqué, también, prohibió la portación del ícono revolucionario Che Guevara.
Casi una irreverencia para el contexto, en la modernísima Londres Cuba alzó banderas más allá del deporte: como desde Munich 1972, es el país latinoamericano mejor posicionado en los Juegos Olímpicos. El cubano Ramón Ramírez García, profesor de Educación Física y economista, explica: “El deporte no es sólo un derecho otorgado por nuestra Revolución; es más que eso, constituye, además, una expresión del modo de vida socialista”.

De otro nivel. El país que más incomoda ideológicamente a Estados Unidos domina el mapa olímpico desde su microscópica posición en el globo: cuenta con más medallas doradas que el resto de los países de América Latina y el Caribe juntos. Un milagro de 11 millones de pobladores contra 577 millones. Saltan, corren y lanzan más rápido. Los cubanos ganaron en la historia oros en 15 disciplinas; en ninguna como en el boxeo.
Si se establece un coeficiente entre cantidad de habitantes por país y medallas obtenidas, la patria de Fidel Castro hace lucir mejor sus logros: a EE.UU, el país que encabeza la tabla histórica, le hicieron falta 137 mil personas para ganar una medalla, considerando todos los JJ.OO. hasta Beijing 2008. En Cuba, cada 82 mil habitantes produjeron un podio olímpico. Dicho así, Cuba es la vanguardia.
¿Trono en duda? Los televisores estaban prendidos; los viejos televisores estaban prendidos para verlo. En Cuba, los Juegos Olímpicos se viven como en Argentina un Mundial de fútbol. “La gente se junta para ver, para alentar”, cuenta vía mail Luis González, abogado y fanático de los deportes, desde Santiago de Cuba. Dicen que mientras competía, los familiares de Dayron Robles ensayaban un ritual en su casa, ubicada en Centro Habana. Que había una vela blanca encendida y flores amarillas y que, antes, sus padres enviaron un mensaje al pueblo cubano, para que confiaran en su hijo. Pero el candidato de los 110 metros con vallas falló. Otra vez, falló. Acusó lesión luego de superar el sexto obstáculo.
El velocista Robles es una sombra de dudas extendida detrás de un país con cuerpo de campeón, aunque ya no luzca como antes. Desde que la URSS se desmembró, la isla socialista perdió un bastión y el destete se traduce en menos medallas; es la economía.
Pecho inflado. La cultura deportiva cubana desafía los imponderables. En los colegios el deporte no es una obligación; es un derecho. Más de 40 mil profesores formados para la capacitación propician el modelo que compite y supera a monstruos de la región. Brasil, por ejemplo, es un gigante de 192 millones de habitantes y es, además, la sexta economía mundial y, además, tiene cultura deportiva y, además, cuenta con deportistas negros –reyes de las disciplinas de atletismo–, pero ninguno de los ademases le alcanza para tanto. Cuba y su política trascienden los estándares latinoamericanos. Ramírez García se esfuerza por sintetizarlo: “A partir del triunfo de la Revolución Cubana, se encontró el verdadero camino del deporte de masas, (…), poner al hombre como principal fuente de su atención, brindándoles todos los derechos para su formación integral, cultural, recreación y plena salud”. Medalla de oro a la dignidad.
Omnipresencia. Habían pasado 13 días desde que Fidel Castro, Che Guevara, Camilo Cienfuegos y compañía accedían al poder con el Ejército Rebelde. El 14 de enero de 1959, se creó la Dirección General de Deportes. Dos años después, el 23 de febrero de 1961, se constituyó el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER) para “promover y regir la actividad deportiva del país”. Fue la base, el disparador. Cuba no ganó medallas doradas ni en Londres 48 ni en Tokio 64 ni en México 68. Los resultados de la activa política de Estado se concretaron a partir de 1972, donde obtuvo tres oros en Munich. Y seis en Montreal 76. Y ocho en Moscú 80. No fue a Los Angeles 84 (por boicot a Estados Unidos, que no había participado de los anteriores juegos organizados por la URSS) y tampoco a Seúl 88 (porque Corea del Sur no aceptó una organización conjunta con la comunista Corea del Norte). Volvió en Barcelona 92. Y brilló como nunca, con 14 máximos podios. Cuba le mostraba su poder al mundo con su quinto puesto; saltando, corriendo, pegando, lanzando.
Según un análisis del periódico digital canadiense The Globe and Mail, Cuba es uno de los mayores perdedores de estos Juegos. En Beijing había obtenido un total de 24 medallas, con dos doradas. Sin embargo, el país que no es país, sino isla, que soporta un bloque económico de Estados Unidos hace 52 años, no baja la guardia; ya tiene más oros que en los Juegos pasados.
“Este triunfo se lo dedico al pueblo de Cuba, porque una vez más confió en mí”, agradeció Mijaín López. El abanderado de la delegación cubana fue el mejor de su categoría en lucha grecorromana. Y cuando ganó, le dedicó el triunfo al pueblo. El que, según la Revolución, tiene en el deporte ganado un derecho. La imagen del Che Guevara fue prohibida en Londres 2012. Cuba volvió a esquivar otra barrera. Subida a los podios, pudo consagrar la figura de su revolucionario favorito. Más allá de las remeras.
Fuente: Diario Perfil

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Un entrenador genera una idea, luego tiene que convencer de que esa idea es la que lo va a acompañar a buscar la eficacia, después tiene que encontrar en el jugador el compromiso de que cuando venga la adversidad no traicionemos la idea. Son las tres premisas que tiene un entrenador. Napoleón no era un táctico, sino un estratega. Si tenía que cambiar, cambiaba. Eso vale para el fútbol también.
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