Joachim Schimd: “O Campo”

En el momento en que comienzo a escribir este texto (o en el que tú comienzas a leerlo, da igual) se están disputando miles de partidos de fútbol a lo largo y ancho del mundo. Mujeres, hombres, niños y niñas, ancianos (también algún perro) de los cinco continentes corren ahora mismo detrás de miles de balones (de cuero, plástico, tela) u objetos que ansían y simulan serlo (bolas de cinta aislante, latas de refresco, pelotas de papel). De todos esos partidos, solamente un porcentaje marginal cumplirá unos mínimos normativos. La gran mayoría, por ejemplo, obviará la regla del fuera de juego (los linieres son un lujo accesorio) o carecerá de árbitro (¿quién quiere ser trencilla en una pachanga de amigos?). Pocos serán entre dos equipos de once jugadores y menos aún se disputarán sobre un campo de fútbol como tal, sino en parques, descampados, playas, salones de apartamentos, lugares en los que el terreno nunca será diáfano sino que estará repleto de obstáculos que salvar… o utilizar para nuestra ventaja (una farola puede devolvernos una preciosa pared). Una gran parte de esos miles de partidos de fútbol no contará con dos porterías (con una sola se puede jugar perfectamente) y otra gran parte no contará, de hecho, con ninguna, sino con jerséis en el suelo, árboles a modo de postes, bancos de plazas haciendo de improvisadas metas. Por cada larguero real, hay cientos imaginados; por cada balón que golpea en la madera, hay decenas de discusiones de jugadores sobre si la pelota entró o no en una portería imaginada, invisible, pero previamente consensuada.
Por supuesto, la práctica totalidad de los encuentros que ahora se disputan se juegan sin áreas pintadas (aunque sí proyectadas desde puntos acordados), sin círculo central, sin líneas de fondo o laterales que separen lo que ahí acontece del resto del mundo. En esos partidos no hay línea que separe fútbol y vida.
Y esa es, precisamente, la grandeza de este juego: la manera en que está unido a las personas, más allá de las posibilidades materiales. Es algo casi natural: lancemos una pelota a un grupo de niños y ahí surge un partido espontáneamente, en el que reglamento, porterías y campo de juego serán consensuados en función de las posibilidades del lugar y a medida que se juegue. Y eso es bueno. Para jugar a este deporte no sé si universal, pero sí universalizable, no es necesario en absoluto no ya cumplir con el total de las normas que definen un partido profesional, sino con una mínima parte de ellas. Porque, aún no siendo entre dos equipos de once jugadores, careciendo de porterías, de árbitros, de balón reglamentario, de un conjunto de reglas definido… ¿son esos partidos que hemos evocado acaso otra cosa que verdadero fútbol?

Todo esto está recogido magistralmente en la serie “O Campo”, del artista alemán Joachim Schmid (Balingen, 1955). “O Campo” se compone de una veintena de fotografías realizadas vía satélite con Google Earth de sendos campos de fútbol brasileños, con la particularidad de que ninguno de ellos cumple con unos mínimos en lo que a su diseño se refiere. Al contrario, ya sea por la irregularidad del terreno sobre el que están construidos o por las constricciones urbanísticas del lugar en el que se ubican, los campos de fútbol retratados en “O Campo” fuerzan sus formas y violentan sus dimensiones hasta mostrarse como grotescas imperfecciones derivadas del intento de acercarse a la platónica forma ideal del campo de fútbol reglamentado. En ese sentido, si los juzgamos desde ese ideal, en los campos retratados por Schmid no vemos sino desproporción y fealdad, y por ello el espectador incauto pensará que en la obra de Schmid es una crítica al urbanismo improvisado de los suburbios de las ciudades contemporáneas, que impiden el necesario desarrollo del ocio en la pulcritud de un espacio pensado y construido para el mismo. Pero acertará solo en parte, si no es capaz de ver cómo Schmid realiza al mismo tiempo (y fundamentalmente) una celebración del juego de fútbol en su vertiente más espontánea, un canto a la grandeza de una práctica deportiva que es capaz de amoldarse –como un resistente organismo- a las condiciones a priori más desfavorables para su desarrollo (los campos de Schmid poseen, en este sentido, la misma belleza que la hierba que emerge en las grietas del asfalto). Precisamente, ese fútbol espontáneo, natural, de supervivencia, que Schmid reivindica es para muchos el verdadero fútbol, mucho más que el practicado bajo los focos por las grandes estrellas. En sus propias palabras: ¿quién ha dicho que para jugar a fútbol los porteros de ambos equipos han de poder verse desde sus respectivas porterías?
Joachim Schmid ha trabajado habitualmente con archivos fotográficos y de hecho es uno de los pioneros en ese campo de trabajo (sus primeros trabajos en este sentido datan de finales de los 70). En un movimiento lógico, actualmente Internet es un lugar habitual del que se nutre de material de trabajo. En ese sentido, no es la primera vez que usa Google Earth para el desarrollo de una serie. Tampoco “O Campo” es su primer trabajo que gira en torno al fútbol. En 2002 creó una serie de esquemas que resumían a través de un código de colores diferentes partidos de la Bundesliga alemana y, al año siguiente, realizó un conjunto de dibujos que en los que trazó sobre el papel la trayectoria que el balón había seguido durante los noventa minutos de varios partidos, resultando unas composiciones cercanas visualmente a una celosía irregular, una suerte de rejillas más espesas por el centro del papel (que correspondería al centro del campo) que por los extremos (las áreas). Sin embargo, desde nuestro punto de vista “O Campo” es la serie de temática futbolística que mejor encaja con el resto de los trabajos de Schmid, además de la que más contribuye a la comprensión del fenómeno social que el fútbol es en la actualidad. En lo referente a la primera aseveración, “O Campo” casa perfectamente en el proyecto de investigación sobre la cultura visual popular y el modo en que la sociedad (y los individuos que la componen) se expresa a través de la misma que toda la trayectoria de Joachim Schmid supone. En primer lugar, por el uso que el artista hace de una herramienta al alcance de todos como es el Google Earth, pero también porque las imágenes se presentan sin modificación ninguna, como una suerte de ready mades virtuales. En esta estrategia creativa, Schmid huye de la mirada privilegiada del artista para ubicarse como un espectador más, ofreciendo imágenes que encajan en la imaginería popular contemporánea, de la que la perspectiva ofrecida por Google Earth se ha erigido en los últimos años como una parte fundamental. ¿Qué aficionado no ha visitado a través de esta herramienta su propio estadio o el campo de su barrio en el que juega cada semana? En este sentido de uso popular de la herramienta, el artista reconoce su encuentro casual con la idea de “O Campo” aún cuando la serie se desarrolla en terrenos que no le son ajenos. Fue preparando un viaje a Brasil. Mientras echaba un vistazo a los lugares que recorrería en el mismo, se encontró con el primero de los campos retratados. Ese campo dio lugar a la idea de la serie, que provocó posteriormente una búsqueda activa por su parte, no solo por Brasil, sino por otras partes del mundo. El resultado fue que este tipo de terrenos de juego de extrañas formas eran más habituales en el país sudamericano. Las razones que el propio Schmid esboza son la poca resolución de Google Earth en África (continente donde seguro podríamos encontrar más campos de este estilo) y la propia relación del deporte rey con Brasil, donde la pasión por el juego vence a cualquier barrera.
En este sentido, nos encontramos con una paradoja apuntada en “O Campo”: los mejores jugadores del mundo se forman en terrenos como los retratados en estas fotografías. Aunque, bien pensado, igual no lo es tanto. Quizá el talento crece en terrenos irregulares porque cuanto más cercano es un campo a la perfección reglamentada transmite una mayor imagen de trascendencia (profesionalismo, gravedad, tragedia) y cuanto más imperfectas son sus formas, se revela como un espacio de ocio (diversión, felicidad, recreo). Conviene señalar que en fútbol, como en cualquier otro ámbito creativo, solo se alcanzan cotas cercanas a la perfección cuando se siente cierta felicidad (si no una felicidad cierta) en lo que se hace. O citando el poema de Kirmen Uribe sobre el Athletic Club, cuando tras cada partido, sea cual sea el resultado, se regresa a casa “como cuando éramos niños / con las chamarras colgando de nuestras cabezas / y el balón en las manos”.
[Texto del catálogo “Joachim Schmid, O Campo” cita en la Sala BBK de Bilbao, hasta el 29 de febrero]
Fuente: http://www.diariosdefutbol.com

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El niño pobre, en general negro o mulato, encuentra en el fútbol la posibilidad de ascenso social, que no tiene otro juguete que la pelota: la pelota es la única varita mágica en la que puede creer. Quizás ella le dé de comer, quizá lo convierta en héroe o dios. (...) La miseria lo adiestra para el fútbol o el delito.
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