[Columna] Fútbol e identidad: ¿Qué hago yo aquí?

Por Lolo Romero
Las pasiones irracionales pertenecen al mundo de lo desconocido. Por más que se afanen en descifrarlas químicos, filósofos, terapeutas o, principalmente, los mismos que las disfrutan y/o padecen, su naturaleza pertenece siempre a algo oculto, a un pequeño resorte que se activa de modo inexplicable. No hay, por ello, una explicación satisfactoria para algo tan aleatorio como la elección de ese alguien con quien deseamos –con toda urgencia y entusiasmo- compartir buena parte de nuestra vida. No existen tampoco motivos claros para la obsesión, para el temor, para el trauma. Son todos ellos sentimientos que aparecen sin que nos demos cuenta; que nacen, crecen y se desarrollan para convertirse así en una huella indeleble que nos acompañará siempre.
A este mundo de la sinrazón pertenecen también las simpatías y las afinidades, las voluntarias adscripciones “pro” y “contra” a las diferentes opciones que gradualmente se nos van presentando. Y es así, casi sin darnos cuenta, como vamos definiéndonos, delimitándonos, dándonos forma de una manera tan inconsciente que nunca tenemos la impresión de haber participado plenamente en el proceso. Una de estas grandes pasiones, irracional e incoherente como pocas, pero global y encendida como casi ninguna, es la desencadenada por un juego del que hablaremos –azar mediante- largo y tendido en este espacio. Un juego, el fútbol, en el que de hecho existe mucho más de pulsión, de vibración, de impulso, que de racionalidad y calma.

Obviemos por un momento a los grandes protagonistas de esta pasión que nos ocupa. Olvidémonos temporalmente de los futbolistas que tienen en el balón su pasaporte hacia el éxito, de los abnegados profesionales que mudan esa piel de tela que llamaron camiseta según el ciclo natural que marcan los aumentos y los contratos. Para entender la fe inagotable y sin sentido, la identificación plena con algo tan abstracto que quizá no posea siquiera identidad, debemos fijar nuestra atención en la grada, en ese ágora posmoderno donde los polos opuestos, partidarios y detractores de cualquier causa, enemigos irreconciliables y sujetos de toda calaña confluyen voluntariamente para compartir lo que nunca imaginaron que pudiera ser vivido con otros.
¿Define verdaderamente nuestra identidad el escudo que cada domingo llevamos pegado al pecho? ¿Existen motivos fundados que nos lleven a idolatrar a los once desconocidos que visten nuestra camiseta y a repudiar intensamente a los que en su día decidieron amar otra? ¿Representan valores reales las empresas que amablemente calificamos como clubes? El cantante Nacho Vegas, sportinguista acérrimo y antimadridista convencido, trataba de explicar en Líbero (NºII) el porqué de su fobia: «El antimadridismo es un sentimiento muy grande que no te cabe en el corazón y que hay que tomarse muy poco en serio, como casi todo lo que tenga que ver con el fútbol. Surge como rechazo a un tipo de juego sustentando en valores como la arrogancia, el macarrismo o el desprecio al rival. Hay épocas en las que el antimadridismo puede mostrar un perfil más bajo, como en los años de la Quinta del Buitre, que aunque era como ver jugar a la cúpula de las Nuevas Generaciones, al menos eran educados. Pero nunca hay que fiarse».
En la otra cara de la moneda, el crítico de cine Carlos Boyero nunca ha ocultado su extrañamiento al cumplir con la habitual ceremonia de acudir al estadio y contemplar a una masa enfurecida que parece no compartir con él nada que no sea la famosa camiseta blanca. Ovaciones cerradas a la entrada en el palco del líder conservador, grupúsculos nazis con «querencias vintage», aroma a puro caro y reflejos de gomina sobre los gabanes; charlas de toros y toda la parafernalia común a los hijos de la caspa y del exhibicionismo rancio que define a los verdaderamente ricos y a quienes darían la vida por serlo. ¿Lugar y sentimiento equivocados? Muy probablemente. ¿Solución? Ninguna. Las pasiones, por penoso que sea, no se eligen, y como último remedio sólo cabe convivir con ellas.
Sólo desde este punto de vista puede explicarse por qué Alejandro Echeverría, director de la Fundación Francisco Franco, posee la pertinaz característica del amor por el blau y el grana. Ejemplo éste agravado por los lazos familiares que le unen al liberador mesiánico Joan Laporta, con quien nos gusta imaginar que entre regate y regate de Messi discute sobre el derecho a decidir, el pacto fiscal, la puta y la ramoneta. Tirando del hilo, al histórico Bolonia debían sus dominicales inquietudes Benito Mussolini y el arrepentido comunista Lucio Dalla. Del Sevilla son el exdirigente de Fuerza Nueva José María del Nido y una buena parte de los redskin que pueblan las calles hispalenses. En el vetusto San Mamés podrían convivir sin reparo el torero jerezano Juan José Padilla, el popular Antonio Basagoiti, el delfín frustrado Joaquín Almunia, el ínclito Torbe –quizás les resulte familiar el nombre- y miles de simpatizantes y afiliados abertzales. Un totum revolutum global que sólo puede darse cuando por medio se erigen banderas situadas más allá de las siglas y los credos.
Es por ello que conviene, quizás, huir de las etiquetas y comprender que existen elecciones que no dependen de nosotros mismos. Una mirada furtiva en un bar, la resonancia de un miedo pasado, el partido al que vas de la mano de tu gurú más querido, una canción oída en la radio de un coche, la indigestión casual y el cólico terrible nos definirán para siempre, como si al final sólo fuéramos convidados de piedra en una obra de la que, a la vez, somos únicos protagonistas.
Así que ya saben, si sufren la desazón y el inmenso placer de la pertenencia, si se abandonan al gregarismo aun sin sentirse en su lugar y están dispuestos a compartir alegrías y pesares con una masa de desconocidos, háganlo sin remordimientos. Nunca estuvo en sus manos. Céntrense en el inmenso placer del césped cortado y la comunión colectiva, de ese teatro en el que nos gusta creer y en el que durante noventa minutos nos inflamos de opio. Al fin y al cabo, nunca o casi nunca podemos elegir a los compañeros de viaje, y aun así seguimos avanzando. Abandónense y disfruten, sientan como absurdamente el mundo se suspende en un segundo fugaz; en ese momento ansiado en el que un silbato termina y comienza todo.
Fuente: http://www.grundmagazine.org/

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