El fútbol siempre da revanchas: Un partido en el campo de concentración de Pisagua

Por Su Celis
Ir a un ex centro de detención y tortura nunca es fácil. Menos si se trata de un ex campo de concentración perdido en el mapa de este largo país. Hace algunos meses tuve la posibilidad de visitar Pisagua. Esa “Cárcel natural”. Me impresionaron varias cosas desde que el bus se acercaba a su destino, partiendo por el camino lleno de acantilados.
Sus playas de aguas cristalinas que contrastan absolutamente con los cerros casi pegados al mar. Impresiona además,  la distribución del poblado en una larga franja a orillas del mar.
Mi visita no era de “turista” si no que iba en el grupo de personas que se trasladaron hasta Pisagua a conmemorar el día del ejecutado político (30 de octubre). Ex prisioneros, familiares de ejecutados o desaparecidos, dirigentes políticos, autoridades políticas de la región y personas, como yo, conscientes de la urgencia de memoria.

El campo de prisioneros de Pisagua albergó alrededor de 2500 prisioneros. El hecho que sin dudas marcó lo vivido en ese lugar fue el hallazgo de la Fosa Clandestina en junio de 1990, donde se encontraron 20 cuerpos enterrados y conservados por la salinidad del desierto. Cuerpos que aparecían casi intactos y que desde el horror nos decían que había un largo camino por recorrer para exigir justicia y que al mismo tiempo nos contaban mucho de lo que en ese lugar y en todo el país ocurrió.
Caminar por esos lugares 39 años después es extraño. Intentar dimensionar lo que las personas vivieron es imposible. Acordarse la indiferencia de un importante número de personas parece increíble. Recordar a los que ya no están es doloroso. Pero ahí estamos, un grupo de unas 100 personas.
Empieza el recorrido y las historias afloran. Es inevitable y te encuentras con la dicotomía si preguntar o no, si continuar escarbando en los recuerdos dolorosos o si solo poner una mano en el hombro. Es increíble lo difícil que resulta encontrarte frente a un sobreviviente de tanta brutalidad y verlo sonreír y con el ánimo de avanzar, muchas veces sin poder hacerlo.
En Pisagua aprendí mucho de la historia que conocía solo por algunas líneas leídas por ahí, o por lo que me comentaban algunos cercanos que sabían más de ese lugar. Conocí personas y sus historias, la de sus padres, abuelos, compañeros, amigos, parejas, entre otros.
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Encontrarse con esas historias e ir recordando frases y episodios resulta conmovedor, sin embargo, las personas tenemos la capacidad de buscar algo bueno o alegre hasta en los peores momentos. Desde algún lugar de nuestro interior aparece la fuerza de avanzar y de recordar aquellas anécdotas y episodios inevitables dentro de la convivencia, por elección o por obligación, como es el caso de los prisioneros que fueron confinados a este lugar de Chile, sin saber que sucedería con ellos, con la incertidumbre de cuantos días tendrían por delante, de que había pasado con sus familias, de si sabrían de su paradero, entre una infinidad de interrogantes y temores que aparecen en esas circunstancias extremas.
Es precisamente en esa línea que recuerdo con especial cariño la historia del partido de fútbol en Pisagua. Contaban los sobrevivientes que en un día de su permanencia en ese lugar los militares a cargo de ellos, quienes de cierta forma se sentían prisioneros en ese lugar aislado de las grandes ciudades, los llamaron a jugar un partido de Fútbol para “pasar la tarde”. Dentro del horror que se vivía ahí, jugar un partido de futbol parecía algo agradable, percepción que cambiaba al asimilar la temperatura de la desértica comuna. Un sol agobiante caía sobre detenidos y militares que se alistaban en la cancha de tierra en medio de Pisagua.
Cuando caminaba por Pisagua y miraba la cancha me era difícil  imaginar cuanto tiempo aguantaría corriendo con ese sol pegando fuerte y considerando las torturas que el cuerpo arrastraba.
Dentro de las historias de horror que contaban los sobrevivientes, esta era una historia de revancha. El partido comenzó… hace 39 años. Mientras transcurría el primer tiempo, y teniendo de contrincantes a sus torturadores pasaban muchas cosas por la cabeza de los detenidos. ¿Qué hacer si se encuentran jugando en igualdad de condiciones? La respuesta era una sola: aprovechar la instancia y “cobrarse revancha” con los únicos medios que podían usar en ese momento, sus pies.
Cuentan los sobrevivientes que la lluvia de patadas contra los militares fue impresionante. Nadie iba a la pelota. Sólo era la excusa para liberar en una mínima media la rabia contra sus carceleros. Fueron tantas las patadas, que los militares suspendieron el juego. Los detenidos insistían en continuar y se excusaban en que “así se jugaba al futbol”. Nunca más autorizaron un juego como aquel.
531107_10151227627287731_547291683_nVer a los sobrevivientes reír a carcajadas con esta historia, es algo que conmueve. Cómo dentro del horror que recuerdan en esas calles, las personas son capaces de aferrarse a este tipo de anécdotas como un salvavidas, como un escape.
Quizá ningún militar que ahí se encontraba recuerde este episodio, tal vez sí. Lo cierto es que cada sobreviviente jamás olvidará el día en que pudieron dar de patadas a sus torturadores. Su “revancha” anecdótica es una de las tantas historias escritas en ese desierto que no será fácil borrar.
Fuente: http://revistadelespiral.wordpress.com/

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