[Columna] Fútbol: Entre borregos y ascetas

Por Emilio Delgado.- A menudo, cuando hay un evento futbolístico importante, las redes sociales se llenan de mensajes de activistas de izquierda que tachan a quienes bramaban el día anterior con el partido, de falta de compromiso político, de atolondramiento o de dejarse manipular sin el más mínimo sentido crítico, de ser, en definitiva, una caterva de paletos.
Cierto es, que la industria del fútbol ha convertido este deporte en un negocio, que tiene unas funciones claras de alienación y control social y que el poder lo impregna de valores ideológicos insoportables para cualquier persona progresista (nacionalismo rancio, españolismo, capitalismo y espectáculo, apoyo a la monarquía, machismo, utilización de los sentimientos identitarios nacionales, interclasismo, etc…), aunque no de manera muy distinta a como lo hace en otros campos como el cine, la televisión o la música, que no por casualidad en los cuarenta principales suenan Andy y Lucas en lugar de Riot Propaganda.

Por no hablar del papel de los clubs de fútbol en el lavado de dinero negro, sus deudas con la seguridad social, el rescate de clubs con dinero público o el trato privilegiado que se les dispensa desde los medios o las instituciones. Todo esto puede y debe ser firmemente cuestionado y denunciado desde la izquierda.
Sin embargo, creo que constituye un error político colosal el brochazo gordo y la crítica furibunda antifutbolística.
En primer lugar, porque la generalización pasa por alto que todos nos alegramos mucho cuando en la final de una copa del rey se obsequió a su majestad con una atronadora pitada, cuando la hinchada bukanera del rayo vallekano saca pancartas atizándole a Cristina Cifuentes o cuando los jugadores de la selección de Brasil salen a apoyar las movilizaciones que hay fuera del estadio.
Ahí están también las diversas hinchadas de izquierda anticapitalista o páginas como “franja morada” o “Fútbol Rebelde” y eventos como el reciente mundialito antirracista de Alcorcón que congregó a más de quinientas personas en un marco explícitamente antirracista y antifascista, para jugar al fútbol.
De mención obligada son los hinchas del club “Al Ahly” en las movilizaciones de Egipto, donde congregaron a miles de personas contra la cúpula militar denunciando la masacre en la ciudad costera de Port Said, que se cobró la vida de 74 personas o el hermanamiento de clubs históricamente enfrentados en Turquía como el Galatasaray, el Fenerbahce y el Besiktas para hacer frente a Erdogan en la plaza Taskim. Hay decenas de ejemplos.
El fútbol es un espacio de confrontación política como casi todos los que nos rodean, el trabajo, el ocio, la cultura, internet, la vida al fin y al cabo. Un espacio complejo de múltiples procesos de identificación colectiva.
Muchas de las personas que este año han salido a protestar contra las políticas de la troika, forman parte de esa masa futbolera a la que se pone a caldo y uno tiene la sensación, de que se simplifica a partir de la propia impotencia de la izquierda para generar emociones y movilización en la escala en la que el fútbol lo hace.
Pero eso tiene que ver con el poder, y con la capacidad de éste para llenar de contenido acorde con sus intereses lo que sea, incluido el fútbol, a través de su entramado institucional, mediático, económico, etc… (lo cual debería suscitar alguna reflexión en quienes no ven la necesidad de acceder a esos espacios de poder en los que se toma la decisión política de que contenidos serán difundidos masivamente y cuales no.)
La tendencia de buena parte del movimiento a mostrar hostilidad hacia aquellos espacios que le son incómodos, en los que no se reproducen fielmente los valores propios, refleja la escasa capacidad analítica y de intervención social del propio movimiento y deja en manos del enemigo el monopolio del discurso en los mismos, aislándonos del conjunto social.
Creo que no está de más recordar como el discurso antimilitarista de brocha gorda de los 80 ha acabado a la postre por dejar el ejército y el monopolio de las armas en manos de ingentes cantidades de fascistas,  veremos en que se traduce esto si algún día hay fuerza suficiente para cuestionar al régimen en serio.
Si hace décadas era la derechona y la oligarquía la que se arrinconaba en eventos elitistas como la ópera o el ballet, hoy, es la propia izquierda la que se automargina de los espacios más populares y los abandona para gozo de un poder, mucho más inteligente, que ve en estos acontecimientos una oportunidad para llenarlos de contenido en régimen casi de exclusividad.
Podemos cogérnosla con papel de fumar, refugiarnos en burbujas elitistas donde no entre un ápice de capitalismo (en teoría) y despreciar a las masas (o a la multitud si se prefieren términos más postmodernos) con las que pretendemos hacer la revolución, pero eso nos conducirá de nuevo al gueto.
O podemos asumir la responsabilidad de llevar nuestros planteamientos de forma inteligente y eficaz a todos los espacios donde están las personas con las que necesariamente vamos a tener que contar si queremos un movimiento de masas que tumbe al poder.
Porque… ¿Queremos tumbarlo, no?
Fuente: http://vocesdepradillo.org

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    Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizá sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado, una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos. No puede descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.
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