EZLN: fútbol con pasamontañas

El fútbol es el deporte más popular en los territorios zapatistas. Allí tanto hombres como mujeres disfrutan dando patadas al balón aunque no tengan ningún campo de fútbol. No tienen zapatos de fútbol y algunos tampoco poseen medias adecuadas. Pero todos, desde el portero hasta el puntero izquierdo, portan sobre su rostro el pasamontañas de siempre. Sobre el fondo negro de sus camisetas, las grandes letras rojas en el pecho enseñan que la oncena no es otra que la selección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). El emblema es la estrella roja y el saludo al público de las gradas lo realizan llevando su mano izquierda hasta un extremo de la frente.
El equipo de insurgentes, dentro y fuera de la cancha, es de armas tomar. En marzo de 1999, los zapatistas realizaron la marcha del color de la tierra y la consulta nacional por los derechos indígenas. Y entre tanta actividad se concretó el primer partido de fútbol. De un lado, los insurgentes; del otro, ex futbolistas entrenados por el seleccionador mexicano Javier Aguirre. La brega concluyó con un combativo 5-3 donde ganaron los ex profesionales, pero el lema zapatista estaba claro: la única derrota es no seguir luchando. Javier Aguirre respecto a este partido comentó: “Los zapatistas llegaron al campo sin zapatos de fútbol, con botas militares, por lo que tuvimos que prestárselos nosotros. No quisieron desprenderse del pasamontañas para jugar”.
Hace algunos años el subcomandante Marcos (Comandante del Ejercito Zapatista De Liberación Nacional EZLN) desafió al Internazionale de Milan a un partido con la selección zapatista: “Le escribo para desafiarlo (a Massimo Moratti) formalmente a un partido entre su equipo y la selección del EZLN en lugar, fecha y hora que ya definiremos. Visto el gran afecto que sentimos por ustedes, estamos dispuestos a no ganarles por goleada y darles una paliza, sino a derrotarlos con un solo gol para que su noble afición no los abandone”, ironizó el insurgente. Javier Aguirre tambien colaboró en la organización del juego, donde el subcomandante Marcos lo propuso como abanderado, junto a Jorge Valdano; el árbitro central sería Diego Maradona mientras que la narración estaría a cargo de Eduardo Galeano y Mario Benedetti. Finalmente el partido nunca se jugó.

La amistad con los alzados es real puesto que la delegación Interista han apoyado con dinero, medicinas y camisetas. Javier Zanetti, el capitán neroazzurro, lo dijo: “Creemos en un mundo mejor, en un mundo no globalizado, sino enriquecido por las culturas y costumbres de cada pueblo. Es por esto que queremos apoyarlos en esta lucha por mantener sus raíces y pelear por sus ideales”. El ‘Pupi’ Zanetti confesó, junto a sus compañeros, estar convencidos de compartir los mismos principios e ideales “en donde se ve reflejado el espíritu zapatista”.
Desde su alzamiento en armas el 1 de enero de 1994, el movimiento forjado entre selvas y montañas del sureste mexicano no sólo hizo tambalear a dos gobiernos. El zapatismo también cosechó respaldos en todo el planeta. Y el interés por lo que ocurría en Chiapas conmovió decididamente a directivos y jugadores del poderoso Inter de Milán cuando en abril de 2004 un grupo de paramilitares atacó e hirió a familias -bases de apoyo zapatistas- y dañó el sistema de transporte de agua a indígenas en Zinacantán.
A través de un dirigente, Bruno Bartolozzi, el grave incidente llegó a oídos del capitán interista, Javier Zanetti, fundador y mecenas de la Fundación Pupi, entidad que dedica esfuerzos y dinero a atender ‘pibes’ en extrema pobreza en Argentina. Junto a su esposa, Paula, el trasandino es también ferviente indigenista. “Con la Fundación Pupi apoyamos la lucha del pueblo mapuche de la Patagonia, donde les están quitando sus tierras”, cuenta desde Milán la señora Zanetti.
Ahora bien, con Chiapas el asunto fue distinto. “Como Javier es el capitán del Inter, una vez que Bartolozzi habló con él, los jugadores destinaron dos mil 500 euros para reparar el acueducto dañado en el ataque”, aclara Paula. Tiempo después tambien aportaron una gran cantidad de dinero para reparar una ambulancia y ayudar a un hospital con su infraestructura y medicinas.
La respuesta zapatista a los deportistas brotó en mayo de 2004. “Estamos alegres, pues sabemos que no estamos solos en nuestra lucha. Estamos alegres porque en todo el mundo hay hermanos y hermanas como ustedes que tienen conciencia y que quieren construir un mundo con justicia y dignidad”, escribieron desde la selva Lacandona. La autonomía zapatista, estructurada en cinco Juntas de Buen Gobierno, hasta hoy no recibe ayuda alguna del Estado mexicano. Por ello, la enorme red de apoyo mundial cumple un relevante rol. El Inter es uno más.
PELOTA EN LA SELVA
En Chiapas hay 39 comunidades indígenas zapatistas o Municipios Autónomos establecidos en cinco regiones, denominadas Caracoles. Son rebeldes y, a la vez, organizadas, atributos de grandes equipos y futbolistas.
El día que en Chiapas se dediquen, también, a jugar al fútbol no habrá equipo en el mundo que pueda ganarles. Para eso todavía falta, debido a otras faltas.
Se cuenta en uno de los Caracoles: “Sucedió que un futbolista italiano que murió dejó su herencia para que se construyera una cancha de fútbol en un pueblo zapatista. Esta cancha sólo iba a beneficiar al pueblo de Guadalupe Tepeyac, por eso nosotros hablamos con todo el pueblo y les explicamos que había otras necesidades más urgentes para beneficio de todos los pueblos, tal como un espacio para que trabajen las compañeras que se dedican a la salud tradicional. El pueblo de por sí entendió y dijo que estaba bien, que era justo destinar el dinero a la salud de todos; el segundo paso fue hablar con los donadores y ellos al principio no querían que se usara el dinero para otra cosa, pero después dijeron que estaba bien”.
Hasta el momento, en el mundo no hay cancha zapatista. Deberá esperar el fútbol por ese césped que lo haga más digno, más equitativo y más libre. La vez que ahí se juegue, el triunfo estará asegurado.

 

EXTRACTO DE UNA CARTA DEL SUBCOMANDANTE MARCOS A EDUARDO GALEANO

“El Olivio es un niño tojolabal. Tiene menos de 5 años y todavía está dentro del límite mortal que aniquila a miles de infantes indígenas en estas tierras. Las probabilidades de que el Olivio muera por enfermedades curables antes de los 5 años es la más alta de este país que se llama México. Pero el Olivio esta vivo todavía. El Olivio se presume de ser amigo del “Zup” y de jugar fútbol con el Mayor Moisés. Bueno, eso de jugar fútbol es arrogante. En realidad, el Mayor se limita a patear el balón lo suficientemente lejos como para librarse de un Olivio que considera, como cualquier niño lo haría, que el trabajo más importante de los oficiales zapatistas es jugar con los niños. Yo observo de lejos. El Olivio patea el balón con una decisión que da escalofríos, sobre todo si te imaginas que esa patada podría tener tu tobillo como destino. Pero no, el destino de la patada del Olivio es un pequeño balón de plástico. Bueno, esto también es un decir. En realidad la mitad de la patada y de la fuerza se queda en el lodo de la realidad chiapaneca y sólo una parte proyecta el balón por un rumbo errático y cercano. El Mayor da un patadón y la pelota pasa a mi lado y se va muy lejos. El Olivio corre decididamente detrás del esférico (léase esto, y lo que sigue, con voz de comentarista de fútbol por televisión o radio). Esquiva ágilmente un tronco tirado y una raíz ya no tan oculta, gambetea y dribla dos chuchitos (“perritos” para los chiapanecos) que de por sí ya huían aterrados ante el avance implacable, decidido y relampagueante del Olivio. La defensa ha quedado atrás (bueno, en realidad la “Yeniperr” y el Jorge están sentados y jugando con el lodo, pero lo que quiero decir es que no hay enemigo al frente) y el arco contrario está inerme ante un Olivio que aprieta los pocos dientes que tiene y enfila al balón como locomotora desvielada. El respetable, en el graderío, cuelga en la tarde un silencio expectante (Bueno, la verdad es que sólo yo estoy atento al desenlace, el Mayor ya se fue, y es difícil hablar de silencio con tanto grillo entonando la tardecita que se hace mate en el Uruguay y pozol azucarado en las montañas del Sureste Mexicano). El Olivio llega, ¡por fin!, frente al balón y, cuando toda la galaxia espera un patadón que rompa las redes (bueno, la verdad es que, detrás del supuesto marco enemigo, sólo hay un acahual con ramas, espinas y bejucos, pero sirven como redes), y ya empieza a subir, de los riñones a la garganta, el grito de “¡gooool!”, cuando todo está listo para que el mundo demuestre que se merece a sí mismo, justo entonces es cuando el Olivio decide que ya estuvo bueno de correr detrás de la pelota y que ése pajarraco negro que revolotea no lo puede hacer impunemente y, súbito, el Olivio cambia de dirección y de profesión y va por su tiradora para matar, dice, al pájaro negro y llevar algo a la cocina y a la panza. Fue algo, ¿cómo decirte?… algo anticlimático (“muy zapatista”, diría mi hermano), muy tan incompleto, muy tan inacabado, como si un beso se hubiera quedado colgado en los labios y nadie nos hiciera el favor de recogerlo.
Yo soy un aficionado discreto, serio y analítico, de ésos que revisan los porcentajes y los historiales de equipos y jugadores y pueden explicar perfectamente la lógica de un empate, un triunfo o una derrota, sin importar cuál se dé. En fin, un aficionado de ésos que después se explican a sí mismos que no hay que ponerse triste por la derrota del preferido, que era de esperar, que en la que sigue habrá un repunte, que otros etcéteras que engañen al corazón con la inútil tarea de la cabeza. Pero en ese momento perdí los estribos y, como hincha que ve traicionados los valores supremos del género humano (es decir, los que con el fútbol tienen que ver), salté de las gradas (en realidad estaba sentado en una banquita de troncos) y me enfilé, furioso, a reclamarle al Olivio su falta de pundonor, de profesionalismo, de espíritu deportivo, de ignorante de la ley sagrada que manda que el futbolista se debe a la afición por entero. El Olivio me ve venir y se sonríe. Yo me detengo, me paro en seco, me quedo helado, petrificado, inmóvil. Pero no te creas, Eduardo, que es por ternura que me detengo. No es la tierna sonrisa del Olivio lo que paraliza. Es la tiradora que tiene en las manos…
Pues sí, Eduardo. Ya sé que es muy evidente que trato de hacerles un símil de la tierna furia que nos hace hoy soldados para que, mañana, los uniformes militares sólo sirvan para los bailes de disfraces y para que, si uno debe ponerse uniforme, sea el que se usa para jugar, por ejemplo, fútbol.
Salud a esa inquietud creadora que los reúne y los hace voltear hacia nosotros. Salud a los todos que ahí se juntan y nos hablan y escuchan. Espero, esperamos, que todo les salga bien y que, pronto, los podamos saludar acá, en el Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo.
Vale. Salud y un balón que, como los sueños, llegue bien alto.
Desde las montañas del Sureste Mexicano.
México, Julio de 1996.
P.D.- Suerte con la digestión del mate. Avisen si llegó este escrito y sus anexos. ¡Ah! Y no olviden decirme en que lugar de la tabla de posiciones va “El Peñarol”, equipo cuya fama llegó al México de mi infancia como debieran llegar todas las noticias, es decir, con un balón de fútbol.
Fuente: http://hinchasantifascistas.blogspot.com (Con modificaciones de fechas)

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Reportaje de www.lapulenta.cl a Fútbol Rebelde
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El periodismo cambió mucho en los últimos años al igual que el fútbol, al igual que casi todo. El periodismo es un grupo de empresarios que tienen medios de comunicación para ganar plata, en términos generales
Ángel Cappa
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