Clotario Blest, el luchador eterno que utilizó el deporte para ayudar en la articulación del sindicalismo de clase

Por @resorte77 para futbolrebelde.org.- El 17 noviembre pasado se cumplió un nuevo aniversario del natalicio de Don Clota, como era conocido Blest en el mundo popular y de los trabajadores. Con motivo de ello queremos, a través de estas líneas, rendir un pequeño homenaje a quien fue un luchador y constructor social en toda su expresión y aprovechar de dar a conocer a las nuevas generaciones quién fue Clotario Blest y  su relación con el deporte.
Don Clota nació en Santiago el 17 de noviembre de 1899.  Estudió para sacerdote en el Seminario de Santiago, donde su mentor fue el sacerdote jesuita Fernando Vives Solar, quien le hizo comprender la injusticia social y el deber de cada cristiano de entregar a sus semejantes sin esperar nada a cambio. Luego ingresó al seminario de Concepción y posteriormente al de La Serena, pero en esa ciudad optó por abandonar el camino del sacerdocio luego de protagonizar una protesta contra las autoridades del establecimiento. Según sus propias palabras: “Debe haber en mí un rebelde. No acepto fácilmente órdenes con las cuales no estoy de acuerdo”.

En 1921, año en que regresa a Santiago, y debido a los problemas económicas de su familia, opta por trabajar en vez de estudiar en la universidad. Durante este periodo conoció a Luis Emilio Recabarren, asistiendo a sus charlas y conferencias. Blest fue sumamente influenciado por las ideas de Recabarren, a quien se refirió como “el más grande y genuino representante de la clase trabajadora chilena y del pueblo de Chile”.
En 1922, entró a trabajar como empleado a la Tesorería General de la República, al tiempo que participaba de 2El Surco”,  una organización cristiana cuyo objetivo era luchar por una legislación a favor de la clase trabajadora, promoviendo principalmente la creación de sindicatos.
Posteriormente, Don Clota fundó en 1928 el grupo Germen, que buscaba difundir principios cristianos distintos a los del sector conservador de la Iglesia Católica, además de apoyar la lucha de los trabajadores. Su logo consistía en una cruz acompañada de una hoz y un martillo.
En 1935, Blest fue elegido secretario general de la Liga Social de Chile. Tres años después, fundó la Asociación Deportiva de Instituciones Públicas (ADIP), donde comenzó su labor sindical. Si bien la figura del dirigente sindical estaba relacionada poderosamente con la lucha por los derechos de nuestra clase trabajadora, es en esta época donde se hace visible su interesante relación con el deporte.
Clotario Blest, además de fundar la ADIP, ayudó a organizar varios clubes deportivos con la finalidad de generar relaciones sociales entre los trabajadores, más allá de las laborales, y con ello favorecer el entramado y la articulación del sindicalismo, que en ese momento -a mediados del siglo 20- comenzaba a florecer en nuestro país. Con esta táctica de conformar espacios de organización, al calor de la  recreación y deporte de los trabajadores, también buscaba que estos optaran por vivir de manera más saludable y se mantuvieran alejados de vicios de la época, sobre todo del alcohol, ya que era un elemento que ponía una gran cantidad de cortapisas al proceso de organización, toma de conciencia y lucha de nuestra clase trabajadora.
Años más tarde, sobre la base de la ADIP creó la Asociación de Empleados de Tesorería (AET) y en 1943, la Federación de Trabajadores del Estado, que más tarde se transformó en la actual Agrupación de Empleados Fiscales (ANEF).
En mayo de 1952, Blest fue nombrado secretario de la comisión que se encargó de unir a las organizaciones de trabajadores existentes a esa fecha y también de organizar el Congreso de la Unidad. En esta reunión, realizada en febrero del año siguiente, se creó la Central Única de Trabajadores (CUT), de la que fue su presidente hasta agosto de 1961. Desde ahí en adelante, se convirtió en el líder indiscutido de esta organización debido a su capacidad de defender a toda costa los derechos de los trabajadores. Por esto último, tuvo que soportar varias persecuciones y encarcelamientos.
En el año 1965,  Don Clota participó en la fundación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), junto a Luis Vitale y Miguel Enríquez, entre otros.
El 11 de septiembre de 1973  mientras los milicos llevaban a cabo el golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende, Blest se dirigió al palacio de la Moneda para apoyar al presidente. Sin embargo, antes de poder llegar fue obstaculizado por una patrulla que lo obligó a devolverse. Tras el golpe, varias embajadas le ofrecieron asilo, pero el dirigente permaneció en su hogar. Días después su casa fue allanada por militares que buscaban armas escondidas. Al no encontrarlas, se llevaron libros, ropa e incluso su pensión de jubilado. Ante las medidas adoptadas por el gobierno de facto, Blest reactivó el Comité de Defensa de los Derechos Humanos (CODEHS)  y también ayudó a crear la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos, cuya sede fue, por años, su propio hogar.
Durante los años de la dictadura militar, también su últimos años de vida, adoptó un método de protesta no violenta, inspirado por Mahatma Gandhi y Martin Luther King. Su estrategia para derrocar a la dictadura, consistía en que Pinochet cayera producto de las huelgas, paros y protestas de los trabajadores y el pueblo. Por esto, su postura de oposición de participar en el plebiscito de 1988. El dirigente siempre fue escéptico, ya que según él significaba aceptar las reglas impuestas por la dictadura militar, y el tiempo le dio la razón
Don Clota, falleció en Santiago el 31 de mayo de 1990, su cuerpo fue despedido por miles de personas, y hasta el día de hoy es recordado como  un luchador social eterno, el gran compañero y amigo de las y los trabajadores.

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Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizá sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado, una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos. No puede descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.
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