Tratado de la No Violencia: La a-política sobre violencia en el fútbol

n_real_zaragoza_varios-217623La introducción de una política pública represiva contra el espectáculo del fútbol durante el primer gobierno democrático de derecha en casi medio siglo avivó la discusión en torno a la violencia en el fútbol dentro de Chile.
Nuestro país  caracterizado por el respeto a las instituciones, el orden y el control vio como durante la década de los 90′ se inició una escalada de actos violentos dentro de los estadios y en las poblaciones populares. La polarización del “barrismo”, es decir el fanatismo partidista y religioso por determinado equipo de fútbol, se debió a una suma de factores sociales y culturales post-dictadura militar.
Durante la década de 1990 en Chile existe una explosión de movimientos sociales y culturales, todos estos reprimidos por la dictadura y que en la transición pudieron desarrollarse que mayor libertad. Dentro de los diversos movimientos, se encuentran las barras institucionalizadas.

Si bien durante la dictadura existieron y fueron participes directos del espectáculo deportivo, las barras no ejercían presión real sobre las decisiones deportivas de sus equipos, como tampoco existía un contenido más allá que el de un grupo de personas con una filiación común a un equipo de fútbol. Si bien fueron instrumentalizadas en algunas ocasiones, esta instrumentalización no supuso una fuerza de presión o elemento real demandante.
Aún cuando existieron reales hechos de violencia durante los 17 años del régimen de Pinochet, como la constantemente mencionada protesta en la despedida de Carlos Caszely, estos no fueron centrales en la dinámica del espectáculo del fútbol, como tampoco se convirtieron en constante. Con la explosión democrática, la libertad de reunión y el espíritu de reconstruir los lazos comunitarios, es que las barras bravas comienzas a articularse en torno de los espectáculos deportivos.
La organización de barras bravas se tejía en torno a cánones comunes. Sectores específicos de la ciudad, rangos etáreos comunes e intereses similares. En el caso de la barra brava Los de Abajo, los jóvenes provenían principalmente de Santiago Norte, Sur y Poniente. Muchos venían de barrios populares, pero este elemento no le da identidad ni forma a las barras, debido a que también dentro de cada organización se hacían presente jóvenes de clase media e incluso acomodada, pero con intereses comunes y de edad similar. El elemento socio-demográfico siempre ha estado presente en todas las organizaciones de la sociedad civil  debido a que incide directamente en los intereses de algunas agrupaciones, pero no es determinante ni condicionante en este caso, aún cuando los pocos estudios serios sobre el tema en el país han dado atisbos de que es -matices de por medio- de ésta manera. Es escenario común enumerar dentro de las causas de la violencia en el espectáculo del fútbol en Chile a la marginalidad de los componentes de estas barras, comprendida como el origen demográfico del barrista,  necesariamente invisibilizando a quienes forman parte del fenómeno, pero no se encuentran dentro de esa categoría. Error común, como el mismo de asociar directamente la violencia al alcohol o drogas.
Con horror presenciamos durante los 90′, imágenes sangrientas dentro de la barra Garra Blanca. Asaltos y saqueos de barristas en viaje a regiones siguiendo a sus equipos, muertes en diversos barrios debido al color de camiseta y sus constantes vueltas de mano o venganzas.
A raíz de este fenómeno, es que durante el periodo se elevó, desde el mundo político, una respuesta para frenar y controlar la violencia del espectáculo del fútbol. Es así como nace la conocida “Ley de violencia en los estadios”. Política pública represiva, la cual pretendía enjuiciar, castigar y eliminar a la violencia de los estadios de Chile, como también eliminar a los “violentistas” de los espectáculos. Los resultados de tamaño trabajo, durante los últimos 18 años se pueden traducir en una lista no mayor a una hoja. Excelente relación si es que la violencia se hubiese erradicado del espectáculo del fútbol, pero no. La pequeña lista da cuenta de como esta política pública fracasó, tanto en forma como en fondo.  Las muertes continuaron, los delitos asociados al espectáculo deportivo aumentaron, aún cuando la asistencia a los estadios demostró una curva hacia la baja.
Luego de una década de violencia generalizada en el fútbol, explicada como resultado natural de las libertades post-dictadura, generación heredera de la represión,  durante el 2000 la violencia bajó en intensidad como en cantidad, esto debido a diversos factores, -los cuales no van al caso explicar en esta ocasión- lo que repercutió en que la autoridad no ahondara en la problemática como tal, disminuyendo la atención mediática sobre el problema y así también disminuyendo los esfuerzos por solucionar la situación.
La violencia siguió existiendo, las barras continuaron con sus luchas de poder internas y los enfrentamientos entre estas. El fenómeno se amplió, afectando ya no solo a los dos más grandes, si no que también a otros equipos de menor envergadura. Casos dignos de estudio son los ocurridos con la barra de Universidad Católica y en menor medida algunas barras de equipos de provincia, como los de Wanderers y Coquimbo Unido. Pero ante tal situación, la autoridad no ejerció mayor presión sobre estos grupos, como tampoco evaluó ni planteó políticas públicas que atacaran o solucionaran el problema.
Si a comienzos de los 90′ las barras se asentaron y en la segunda parte de la década tuvieron su peak de violencia, durante los 2000 capitalizaron, a través de la organización y la acción, su poderío a un nivel más allá del estadio. La “profesionalización” e institucionalización de las barras bravas en Chile vivió su momento más álgido durante la primera parte de la década del 2000. Verdaderas organizaciones logísticas se construyeron alrededor del nombre de un equipo. Los De Abajo llegaron a constituirse como una institución con ingresos propios a través de la venta de merchandising, derechos publicitarios y de imagen. Se convirtieron en una marca reconocida, a la cual algunas empresas quisieron asociarse. El poderío de las barras se institucionalizó tanto a nivel de clubes como también a nivel social y político. Los líderes de aquellas barras se relacionaron directamente con el poder, a través de relaciones personales con personajes públicos, políticos de renombre y figuras de diversa índole. Todo esto ante la venia del poder y la complacencia de las autoridades de turno. Las barras crecieron junto a su capital de poder, y este crecimiento fue seguido por la indiferencia de quienes podrían haber puesto coto a este crecimiento y por consiguiente a la violencia que arrastraban.
Las muertes seguían ocurriendo, los enfrentamientos se trasladaron desde los estadios y sus inmediaciones hacia las villas y poblaciones, incluso a regiones. Son varias las muertes asociadas a riñas callejeras que fueron iniciadas por diferencias en el color de camiseta, pero en Chile la autoridad jamás se interesó en encontrar un nexo entre la violencia del fútbol con la violencia callejera. Es difícil argumentar razones, pero hay un dato a la causa, El estado nunca ha realizado un estudio estadístico de la cantidad de muertes ligadas a la violencia en el fútbol, como tampoco se ha mostrado interesado en financiar o promover dicho conocimiento, otra muestra más de que en realidad poco le interesa el tema en cuestión.
Finalmente llegamos a la actualidad, en la cual el gobierno de Piñera ha impuesto una política pública ligada directamente a la censura, coartando la libertad de los individuos e intentando controlar las conductas de estos a través de la represión física, legal y simbólica, pero que es heredera directa de la indiferencia y el desconocimiento. Se han perdido más de 20 años de experiencia práctica sobre el tema debido a la falta de interes por solucionarlo. Los resultados de Estadio Seguro están a la vista. Los estadios no son mas seguros, como tampoco las inmediaciones. Las muertes por violencia en el fútbol no se han reducido significativamente, aunque eso creemos, porque realmente no existe parámetro alguno con qué medir tal situación. Suponemos que no han disminuido porque en lo que va de este 2014 ya han muerto 2 personas por violencia ligada al fútbol en el país.
Entonces cabe preguntarse; Además de los discursos de buena crianza, los cuales funcionan como calmantes ante situaciones de alarma, ¿está el Estado en su conjunto interesado en solucionar el tema de la violencia ligada al fútbol? Si lo estuviera, quizá debiera comenzar por cimentar un estudio concienzudo sobre la situación, tomar ejemplos válidos aplicados ante escenarios similares en diversas partes del mundo (y no tomar a la ligera el “modelo inglés”, el cual es muchísimo más que erradicar a los barrabrava de la cancha y empadronar a los hinchas). Si fuese interés del Estado darle coto a la situación general, debe situar sus esfuerzos en buscar causas y no culpables, soluciones completas y no sectoriales. Se trata de integrar y no excluir y desde ese punto debe partir el tratado de la No violencia.
Fuente: http://futbolismos.blogspot.com/

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