¿Hasta cuando?

Por Luis Henriquez Ferrari
Definitivamente el inicio del Apertura 2012 del balompié chileno ha sido agitado. Transcurridas recién 3 fechas, ya se registran hechos de violencia ligada al desarrollo de un partido de fútbol, destacando particularmente lo ocurrido hace algunas semanas en Viña del Mar, lo acontecido en Talca en el duelo disputado entre Rangers y Santiago Wanderers el pasado domingo, y por supuesto, el artificio lanzado a la cancha intencionalmente por barristas azules en pleno juego entre Universidad de Chile y Deportes Iquique el día viernes.
Las reacciones, predecibles en cuanto reiteradas hasta el hastío en situaciones análogas anteriores, no se hicieron esperar. Mientras el ejecutivo refuerza la idea de la necesidad del aumento en la entidad de las penas contempladas para este tipo de delitos, la ANFP presenta querellas contra quienes resulten responsables, los directivos justifican su cómoda irresponsabilidad a partir de amenazas, aún no probadas, de los “violentos” y los medios venden barato críticas banales al por mayor. Y por supuesto, todos, absolutamente todos se preguntan, en un tono que media entre lo falsamente lastimoso y lo ridículamente colérico: “¿hasta cuando?”. Que hasta cuando permitimos que los “inadaptados de siempre” se sigan tomando el fútbol; que hasta cuando toleramos que la familia no pueda asistir a los estadios nacionales por culpa de una manga de “vagos” y “energúmenos”, que hasta cuando no ponemos mano dura. Porque claro, los energúmenos e inadaptados tienen tal calidad simplemente porque lo son, porque así surgieron espontáneamente, porque sencillamente son malas personas.

Y así vamos, lanzando como metralla juicios morales sin cuestionar siquiera esas frases e ideas que nos vendieron a modo de axioma y que les compramos a bajo precio. El problema medular de aquello reside en que al partir de estos presupuestos indiscutidos, el análisis es realizado desde un plano metafísico y por tanto, estéril desde su desapego a lo concreto de lo material, de lo vivencial, y peligroso en cuanto a la invisibilización que sus conclusiones provocan respecto de lo sustancial de la temática en estudio.
¿Cual es entonces, el problema invisibilizado por el desvío de la discusión? Uno que en lo personal, y a través de este mismo medio, vengo anunciando hace rato, y que no es otro que la pugna que existe entre los grandes poderes económicos y el ciudadano común y silvestre por la propiedad del deporte rey en nuestro país. Y en esta disputa por la pelota, ambos ponen la gamba fuerte a la hora de trancar, produciéndose como resultado lógico lesiones en los dos bandos.
Nadie pone en duda de que la reacción de los hinchas, encabezados por las llamadas barras bravas, tiene el carácter de violenta, como así tampoco de que no todos aquellos que frecuentemente asisten a los estadios se sienten representados por éstas y las medidas que han adoptado. Sin embargo, tanto o más vulnerador y agresivo resulta el desplazamiento forzado del hincha desde su posición de “elemento insustituible del fútbol” a un rol de mero consumidor de un producto, perpetrado de modo intencionado por quienes pretenden manejar el negociado.
Tanto Ian Taylor como John Clarke, cada cual con sus matices, al intentar explicar las causas del fenómeno de violencia en los estadios nos señalan que éstas se enmarcan dentro de un contexto de resistencia al proceso de apropiación del fútbol por parte de las clases más adineradas – “aburguesamiento” en la teoría marxista de Taylor y “alienación” en Clarke – en evidente desmedro de la clase obrera, la cual ve circunscritas sus posibilidades de acceso al mismo a los límites que impongan los poderosos, siendo éstos generalmente de índole económico.
A mi juicio, si bien tales argumentos no alcanzan por si solos para explicar de forma cabal la problemática de la violencia ligada al fútbol, la cual se encuentra revestida de numerosas aristas, no es menos cierto que el proceso descrito por ambos autores es posible constatarlo en lo cotidiano y comprobar su clara ingerencia en los disturbios suscitados en los tiempos recientes de nuestro fútbol.
La declaración del autodenominado “Movimiento LDEA” de la fanaticada de la Universidad de Chile tras el incidente de Santa Laura no puede ser más gráfica al respecto: los forofos reclaman por el elevado precio de las entradas que deben pagar domingo a domingo para seguir a su institución.
Es cierto, los universitarios son el chiche del continente en la actualidad, y tanto la regencia azul como la de los clubes que son visitados por el conjunto de Sampaoli han intentado sacarle el máximo provecho a ese momento. Ocho mil pesos en “La Portada” de La Serena, y seis mil en Santa Laura frente a Deportes Iquique, debiendo pagar los niños la misma cantidad que los adultos, resulta realmente difícil de costear hasta para el más fiel de los hinchas.
Sin embargo, esto no es novedad en nuestro fútbol. O’Higgins de Rancagua cobra diez mil pesos la galería contra los llamados equipos grandes, en un estadio devorado por las termitas; Santiago Morning con una campaña horrible durante el 2010 exigió casi todo el año cinco mil pesos para entrar al Municipal de La Pintana; y la regencia de Unión San Felipe no trepida en cobrar idéntico precio para ingresar a un estadio de reducidas proporciones y muchas veces inseguro. La justificación de todos por igual: “precios de mercado”.
A esto debe sumarse el trato vejatorio que generalmente recibe el hincha de galería por parte de las fuerzas de orden y seguridad y de las autoridades del fútbol. Nadie dudó en condenar al hincha de Everton que hace algunas semanas atrás golpeó a un carabinero en Sausalito, pero ninguno se molestó en indagar que tales hechos fueron provocados por la injustificable golpiza que recibió un hincha, no barrista, a manos de un oficial de Fuerzas Especiales, cuando le protestó por el empujón que éste le había propinado a su mujer. Por su parte, la opinión pública apunta ahora su dedo inquisidor contra la otra barra de la Quinta Región, la de Santiago Wanderers, por el enfrentamiento sostenido con Carabineros, pero pocos repararon de que se encontraban viendo un partido disputado al medio día, en una galería mecano construida para doscientas personas, en circunstancias de que habían más de cuatrocientas, donde se dispusieron baños químicos y sin agua, no permitiéndoseles salir en busca del preciado elemento durante todo el partido, pese a que se manifestó que dentro de los asistentes se encontraban mujeres, ancianos y niños. Y eso que el Fiscal de Talca es un estadio nuevo y moderno. Para colmo, se les cobró cinco mil pesos la entrada, en circunstancias de que se promocionó a cuatro mil pesos durante la semana y que precisamente ese era el valor que se indicaba en el boleto mismo por el cual se exigió mil pesos más en lo que constituye una grave vulneración a las normas del derecho del consumidor.
Y así suma y sigue. El estadio La Granja de Curicó hasta hace poco tampoco contaba con agua potable para la fanaticada visitante, el Nicolás Chahuán Nazar de Calera es impresentable desde el punto de vista de la seguridad, San Carlos de Apoquindo tiene evidentes problemas de accesibilidad a través de la locomoción colectiva, y así podría gastar decenas de páginas describiendo la vehemente discriminación de la cual son víctimas no sólo las barras, sino que el hincha y la familia que dicen querer que vuelva a los estadios, pero que debe cancelar al menos veinte mil pesos para que cuatro de sus miembros puedan asistir.
Si a esto le suman las ideas de licitar hasta la comida que se vende al interior de los reductos deportivos, la penalización del “macheteo”, los intentos de empadronamiento, y algunos otros factores tienen el panorama completo de lo que se pretende: Sencillamente, si no lo puede pagar, no entra. Pero no se preocupe, que el CDF (con el cual lucran los mismos) tiene promociones más baratas que ir al estadio mismo (tal como reza su comercial). Mientras tantos, rubias cabelleras se pasearán por los pasillos del que fue alguna vez el hogar de sus alegrías y fracasos, atiborrando sus estómagos de Big Macs y haciendo negocios mientras degustan la amargura de un café de Starbucks.
Y mientras todo esto pasa y muchos vacían sus hipócritas lagrimales, yo me pregunto hasta cuando compraremos los discursos de aquellos mercaderes que desde la comodidad de sus escritorios de barrio alto compran los micrófonos de falsos comunicadores que hace rato traicionaron el rol que socialmente les corresponde; hasta cuando aguantaremos sus manos ávidas en nuestros desvalijados bolsillos; hasta cuando somos cómplices del saqueo.
Usted, estimado lector, podrá no estar de acuerdo con el lanzamiento de un fuego artificial al gramado – de hecho, y que quede claro, yo tampoco lo estoy –, o con la invasión del terreno de juego por parte de la hinchada, como ya ocurrió durante el 2011 en Valparaíso y Chillán, pero sepa bien que aquellos a los que muchos, quizás usted mismo se encuentre entre ellos, no dudaron en tildar de “flaites”, “vándalos” o “delincuentes”, al menos tuvieron la capacidad y dignidad suficiente de preguntarse: ¿Hasta cuando?.
¿Puede acaso, decir usted lo mismo?
Fuente: http://diarioelmuro.com

One Response to “¿Hasta cuando?”

  • Carlos:

    Estoy bastante de acuerdo con toda la columna, pero quiero dejar en claro que, a mi parecer, el movmiento lda no están ni ahí con romper ninguna lógica: Quieren precios más baratos (para niños y socios) y desplazar a los actuales autonombrados líderes de la barra para ocupar su lugar; No hay ninguna conciencia de clase, al menos en este tipo de grupos en la barra de la U, que lo único que buscan son beneficios personales (cosa distinta con otros grupos de la barra, que son conocidos por ser comunistas o anarquistas, ligados siempre a la subcultura thrash o punk).

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