[Columna] ¿Qué pasaría si no?

Por Mario Alberto Vega Yañez.- Son muchas las disonantes que comienzan a desafinar los bombos del Mundial, son muchas las cuestionantes sobre el precio que debe pagarse por ser el anfitrión, comienzan a ser muchos los brasileños sin atención médica a cambio de butacas de lujo, son más aulas vacías y pizarrones en blanco a cambio de pantallas gigantes que serán ocupadas en su mayoría por publicidad pagada, comienzan a ser más ciudadanos esperando por horas un transporte de pésimo estado que nunca llegará a su parada, y lo que es peor comienza a notarse que aquella realidad brasileña que no quiere mostrarse al mundo demuestra ser mayoría, los no beneficiados.
Aquellos que pagan la inversión de  11.000 millones de dólares para “arreglar” la casa que albergará la Copa del Mundo son en gran parte estos no beneficiados, que a entender de la clase política brasileña deben apretar los cinturones y esperar dos cosas: la primera, los beneficios económico prometidos y repartidos por igual a bondad del mercado y segundo, llenar el corazón con una sexta copa mundial para la Canarinha, las dos necesitan el ingrediente clave que es la paciencia.

El Ministro de Turismo afirma que esta es la inversión que Brasil esperaba, con un estimado esperanzador de 3,3 millones de brasileros y 600.000 turistas extranjeros que inyectarían un promedio de 2.500 dólares cada uno podríamos estar hablando de aquella anhelada cifra de 13.600 millones de dólares en el evento y sus efectos económico posteriores, es aquí donde entra la política.
Dilma Rousseff que se juega un partido aparte con su posible reelección el mes de octubre insta a los brasileños a “abrazar el legado de inversiones” ligados a la Copa, sustentado por el informe de la consultora Ernst & Young y la Fundación Getulio Vargas que en 2012 predijo que el Mundial “tendrá un sorpresivo efecto en cascada en las inversiones”. Pero el alemán Wolfgang Maennig, profesor de Economía de la Universidad de Hamburgo, cuestiona las deducciones económicas en campaña de Rousseff al afirmar que “las extravagancias deportivas no generan ganancias”, tras la experiencia alemana en el Mundial de 2006, la construcción de estadios en ciudades que no son sedes es políticamente correcta pero absurda en términos económicos, un reflejo de la concentración poblacional que tiene Brasil con sus 200 millones de habitantes.
El fútbol no se juega en las estimaciones económicas ni políticas y este deporte tampoco es el culpable de los desalojos de varios barrios pobres cerca de los estadios, es la comercialización de éste, es culpa de los aprovechados que inflaron los precios de los estadios y sacan a la luz los procesos claramente corruptos de un sistema mundial. La presión ineludiblemente recae sobre los milicianos del fútbol comercial como lo confirma el propio Scolari, son muchas cosas mezcladas y la presión se va sintiendo en una Selección con un promedio de 27,7 años de edad y un Neymar con apenas 22 años.
Me quedo con la pregunta en el marco del ch’ajchu social que genera la Copa del Mundo ¿qué pasaría si Brasil no gana el Mundial de Fútbol?.

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Para la derecha “el fútbol era la prueba de que los pobres piensan con los pies”; y para la izquierda, “el fútbol tenía la culpa de que el pueblo no pensara. Esa carga de prejuicio, hizo que se descalificara una pasión popular”.
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