Mekhloufi, el revolucionario argelino, que se escapó de un Mundial para luchar por la independencia de su país

 

El 5 de julio de 1962, Argelia lograba su independencia después de 132 años de dominio francés. Fue un período de lucha que duró cerca de ocho años, desde 1954, en el que el Frente de Liberación Nacional argelino (FLN) –un partido político argelino-, junto a su brazo armado, el Ejército de Liberación Nacional, lideró la independencia del país respecto a Francia. Este proceso de descolonización fue uno de los más violentos de África debido a la agresividad que tuvo el Estado francés para con los independentistas argelinos.
En aquella guerra tuvo también un papel muy importante el fútbol, tantas veces referente social para entender el desarrollo político de un país, también se convirtió en un símbolo del sentimiento independentista y, a la vez, en una imagen para internacionalizar y socializar una lucha que generaba múltiples simpatías entre los movimientos revolucionarios de Latinoamérica y el Tercer Mundo.
Mekhloufi, el líder
A finales de los años cincuenta, el St.Étienne era uno de los grandes del fútbol francés, junto con el Stade Reims, y su estrella, el delantero Rachid Mekhloufi se había ganado el respeto de todo el país con sus cabalgadas y sus goles, que habían llevado a su equipo a ser uno de los más importantes de Francia, logrando el título liguero, y de Europa.

Sus grandes actuaciones fueron premiadas con la convocatoria por la selección francesa para el Mundial de Suecia’58, en el que los galos, con Raymond KopaJust Fontaine y el propio Mekhloufi en sus filas, llegaban como grandes favoritos junto a Brasil.
Pero el 11 de abril de 1958, encontrándose concentrado con la selección, Mekhloufi desapareció junto a un compañero, Zitouni, considerado el mejor defensor del campeonato galo. Las sospechas saltaron de inmediato: ambos futbolistas eran argelinos. Dos días después se formaba el equipo de fútbol del Frente Nacional de Liberación argelino, en el que Mekhloufi y Zitouni eran las principales estrellas.
Pero no se marcharon solos. Treinta futbolistas más, casi todos ellos hombres importantes en el campeonato francés, abandonaron sus clubes para unirse a la improvisada selección. Habían nacido los Fennecs –el equipo toma el nombre del fénec, una especie de zorro que habita en el desierto del Sáhara y Arabia–. “Me hubiera encantado jugar la Copa del Mundo, pero no era nada comparado con la independencia de mi país”, dijo Mekhloufi años después.
Gira triunfal
El último en unirse, poco convencido de ello, fue Ben Tifour, quien había disputado el Mundial de Suiza’54 con la selección francesa. Sin embargo, con su presencia en el equipo y posteriormente en la dirección desde el banquillo, la selección sin país comenzó una gira alrededor del mundo disputando cerca de 90 partidos amistosos porque, obviamente, la FIFA no la había reconocido como tal.
El objetivo de aquella gira era, por un lado, llevar la causa de la independencia argelina allá donde le dejaran, demostrando de paso a Francia que también los futbolistas profesionales se sentían identificados con la causa, incluso si para ello debía renunciar a su estatus. Por otro, suavizar, a través del espectáculo futbolístico y de las buenas relaciones, la imagen que el mundo se estaba formando respecto al país debido a la cruenta guerra que en ella se estaba librando.
Los triunfos eran lo de menos, pero éstos también llegaron. Los Fennecsdisputaron el 15 de abril de 1958 su primer encuentro, obteniendo una espectacular goleada (8-0) ante Túnez, una selección que un año antes había sido subcampeona en los Juegos Panárabes. A ese partido le sucedieron otras victorias, ante Irak, China, Marruecos o, quizá la más importante de todas, ante Yugoslavia, una superpotencia futbolística a la que el rebelde equipo argelino endosó un 6-1.
Todos esos registros, desde Belgrado hasta Trípoli, pasando por Bagdad, Praga, Budapest, Sofía o Pekín –en total, 65 victorias, 13 empates y 13 derrotas–, provocaron que la selección argelina adquiriera gran repercusión a nivel mundial, así como que la lucha independentista de Argelia tuviera un importante reconocimiento internacional. “Al principio nadie creía que podíamos formar un equipo competitivo, pero a medida que fuimos logrando victorias, todos nos fueron viendo como militantes, como luchadores. En todo el mundo nos veían como gente luchando por la justicia, por la independencia“, aseguró años después Mekhloufi en declaraciones a la revista France Football.
Pero después de aquel partido ante Yugoslavia, en mayo de 1961, algunos de los futbolistas argelinos fueron llamados a filas para combatir, en lo que estaba a punto de convertirse en la batalla definitiva. Aquello significó el final de los Fennecs. Efectivamente, menos de un año después (18 de marzo de 1962) se firmaban los acuerdos de Evian, preludio de lo que iba a ser la independencia argelina.
Regreso a Francia
Concluida la guerra y obtenida la independencia, los clubes franceses solicitaron el regreso de los futbolistas argelinos a su campeonato, algo que no sentó demasiado bien en el país, aunque se trate de algo comprensible desde un punto de vista estrictamente deportivo.
Tras un breve paso por Suiza, Mekhloufi regresó al St.Étienne. Pese a que en su primer partido con Les Verts fue abucheado, pronto volvió a ganarse a su hinchada para terminar consolidándose en el ídolo que había sido antes del enfrentamiento. Y lo hizo, sobre todo, con un doblete histórico. Se encontró, en 1962, con el equipo en la segunda división y lo convirtió en campeón, ascendiendo a la máxima categoría. No contento con ello, justo a la temporada siguiente, en la 63-64, llevó a su equipo al título liguero francés, una gesta que hasta ahora no ha podido repetirse.
Cuatro temporadas más estuvo la estrella argelina en el St.Étienne, con el que obtuvo dos ligas más para terminar firmando 137 goles en 294 partidos. Tras dos años en el Bastia, Mekhloufi colgó las botas en 1970 para, al año siguiente, pasar a dirigir a la selección de Argelia –ya oficial desde la independencia– con la que, en 1982, vivió uno de los escándalos más recordados en la historia de los mundiales.
Escándalo en España
Argelia logró su primera clasificación para un Mundial en España’82, en lo que fue considerado como toda una proeza para un país de apenas veinte años de existencia. Rachid Mekhloufi era su seleccionador yMadjerMansouri o Djamel Zidane –el tío de Zinedine Zidane–, sus principales figuras.
Encuadrados en un complicado grupo, en la primera jornada derrotaron nada menos que a Alemania Federal, a la postre subcampeona del mundo, lo que está considerada como la mayor victoria en la historia argelina, a pesar incluso de haber logrado una Copa África. Sin embargo, la derrota ante Austria en la segunda jornada propició una situación bochornosa para el último partido de la fase de grupos: mientras Argelia se deshacía de Chile, Alemania y Austria pactaban un resultado de 1-0, el único que permitía a las dos selecciones clasificarse gracias al golaverage.
El partido fue tachado de “vergonzoso” desde todos los ámbitos. Los aficionados argelinos se marcharon irritados de un Mundial en el que merecieron llegar más lejos. Alemanes y austriacos también se mostraron enojados con sus futbolistas. El público español de El Molinón, estadio gijonés donde se disputó el encuentro, terminó cantando “que se besen, que se besen” mientras la FIFA, avergozada por el espectáculo que se había vivido en su competición más importante, decidió que a partir de entonces los encuentros decisivos para la clasificación de la fase de grupos se jugaran el mismo día y a la misma hora.
Aquella injusticia vivida hizo que Argelia se ganara la compasión del mundo futbolístico. Pero quizá nada de todo aquello hubiera sido posible sin la existencia, durante cinco años, de aquel equipo que cumplió sus sueños y las de todo un país a través del balón, de los Mekhloufi, Zitouni o Ben Tifour, del que ha quedado reconocido para la posteridad como El Once de la Independencia.
Fuente: Guerrilla Comunicacional México

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Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizá sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado, una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos. No puede descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.
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