[Columna] 1-7

Por Borja Barba.- Sentado ante la temible pantalla en blanco por enésima vez en lo que llevamos de Mundial, el vacío que se abre ante mi teclado es esta noche mayor que ninguna otra. El abismo se presenta desafiante ante mi cansancio, mi saturación de fútbol y, sobre todo, ante un episodio que probablemente marcará un hito en mi memoria futbolística y sobre el que se va a hacer complicado extraer conclusiones sesudas. Alemania acaba de destapar la farsa que Brasil había dispuesto ante los ojos de todo el planeta como camino innegociable para llegar al éxito en su Mundial, en ese torneo que parecía predestinado a un final escrito tiempo atrás y siempre amable con la canarinha.
La Brasil de Scolari, la Brasil intensa, la de los lloros y las plegarias, la de los himnos pasados de revoluciones se había creado en una burbuja. Una burbuja de mentira que hoy ha reventado en las manos de una afición entregada y convencida. Los siete goles que la Mannschaft ha endosado a la anfitriona han restallado como siete latigazos en la espalda desnuda de un país que ha vivido la trayectoria de los suyos en el torneo envuelto en una mística y una pasión que sirvieron de burdo maquillaje a un juego ramplón consagrado al empuje de la grada y a la genialidad de un único futbolista: el hoy ausente Neymar Jr. A todas luces insuficiente para ganar un Mundial, por mucho que rozaran el éxtasis místico interpretando su himno nacional.

Veinte minutos de furia desatada sirvieron para que Alemania le hiciese ser consciente a Brasil de que su fútbol tenía la solidez de un castillo de naipes. Desnuda, con todas las vergüenzas al aire, la canarinha se percató de pronto de que era muy vulnerable. De que simplemente con su público y su pasión no les iba a alcanzar para conquistar el objetivo planteado. Y fue entonces cuando se desmoronó. Asustada por una sensación de indefensión desconocida para ellos, Brasil asistió impertérrita a la hecatombe, a una derrota cuyo significado sobrepasa los límites de lo conocido y que necesitará de muchos años, quizá décadas, para ser calibrada en toda su extensión y trascedencia. Cuesta encontrar en la historia del fútbol un partido con el que emparejar y comparar la masacre de Belo Horizonte. Ni siquiera el rememorado Maracanazo del 50, empequeñecido desde esta misma noche, se sujeta ante la humillación del Mineirao.
Con todo, y pese a lo traumático del caso, puede que los de Joachim Löw hayan hecho un favor a la verde-amarela. Alemania ha mostrado la realidad a Brasil en toda su crudeza. Le ha hecho ver que su comportamiento ha distado mucho del de un buen hijo. Que separándose así de la pelota, negándose a sí misma como ha venido haciendo desde hace unos años para acá, su futuro es negro y tormentoso. Porque cuando uno se traiciona de esa manera, cuando uno aspira a ser lo que nunca fue y jamás podrá ser, la realidad suele devolverle a su sitio con fiereza y sin miramientos. Brasil nunca cambiaría una batucada improvisada en plena calle por una orquesta sinfónica. Pero sí que cambió la pelota y la fantasía por un sucedáneo de su fútbol, del fútbol que la hizo tan grande como para ser pentacampeona del mundo. El resultado de esta noche, que traerá consigo consecuencias históricas, debería hacer replantearse ese infame cambio a todo el país.
Fuente: http://www.diariosdefutbol.com/

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