Fútbol latinoamericano en Brasil 2014: un presente de jerarquía y un futuro auspicioso

Siete de las doce mejores selecciones de este mundial fueron latinoamericanas, mérito que sólo podría haberse superado con un triunfo argentino en la final que no fue. Jóvenes deportistas que se convierten en expresión de pueblos que también luchan por mejores destinos, se saben capaces y aún pueden dar más.
Más allá de las rivalidades específicamente futboleras (Argentina-Brasil y el chistoso “decime qué se siente” o la bronca colombiana por el gol de Yepes, que fue), o de gustos también específicamente futbolísticos (Alemania es una máquina de efectividad y buen juego, y es lógico que a muchos les guste verla jugar bien aún entre quienes padecieron sus goles mortales), los pueblos de América disfrutaron de importantes triunfos y algunas hazañas de los seleccionados de la región en el mundial que acaba de terminar, y generaron mayoritarias corrientes de simpatía entre pueblos hermanos cada vez que una selección local enfrentaba a una potencia mundial. 

Empecemos el repaso por la humilde Costa Rica, bandera del buen fútbol centroamericano, que sí que la tenía difícil de entrada. Un repaso breve para no repetir lo ya dicho y valorado: triunfo ante dos campeones del mundo (Uruguay, Italia) y un juego de igual a igual contra otras dos potencias futbolísticas, Inglaterra y Holanda, que sólo la venció en el azar de los penales. Pero Costa Rica no fue sólo resultados: un fútbol atrevido, bien jugado, disciplinado y de calidad, que arrojó los resultados óptimos con el plantel que dispuso, la dejó ubicada como la octava mejor selección del torneo. Hay allí un mérito de otro latinoamericano, su entrenador, el colombiano Jorge Luis Pinto, tan querido por losticos como Pékerman aquí. Y ya que hablamos de Pékerman: disciplina, audacia y buen juego se repitieron en el equipo de James Rodríguez (máximo goleador del mundial en sólo 5 partidos disputados), que a los 22 años es una de esas promesas que ya nos hacen esperar el próximo mundial para verlo brillar. El seleccionado de James, pero también de Ibarbo , Cuadrado y Quintero, otras joyas cuasi juveniles que despuntaron a partir de un juego de equipo que dio mucho más de lo que se esperaba y despejó con creces los temores por la ausencia de su ídolo el Tigre Falcao. Así Colombia jugó, gustó, ilusionó más allá de las fronteras, y quedó quinta en la tabla de los mejores del mundial.
Uruguay, con dificultades extrafutbolísticas; México, reclamando un penal en contra que lo dejó afuera y no fue; un Chile marcado por el legado ofensivo del argentino Bielsa que le tocó caer, al igual que Colombia, contra el latinoamericano favorito y anfitrión: los tres seleccionados también terminaron clasificados entre los 12 mejores.
Brasil es, del pelotón de los preferidos, el que más tiene para replantear. Lo salva la historia y el fúteboldel pueblo, de las playas y favelas, un semillero inacabable que seguramente regenerará, más temprano que tarde, el jogo-bonito y la virtud que hoy sólo pudieron salvar las pinceladas de talento del bueno de Neymar.
Argentina, estoico en la final, desafiando de igual a igual y por momentos ganándole la cancha a los alemanes que, indiscutiblemente, fueron lo mejor del mundial y merecidos campeones. Paradójicamente Los 4 Fantásitcos (Messi, Higuaín, Agüero y Di María, ídolos en las ligas europeas más exigentes) no fueron su mejor virtud, pero esa falencia (por lesiones o falta de rendimiento) fue suplida con creces por otras virtudes que despertaban menos expectativas pero rindieron como los que más. Mascherano, exaltado hasta el paroxismo por su entrega y por ser el motor de un espíritu guerrero que contagió hasta el menos futbolero de los argentinos; Lavezzi, que habilitó halagos por su juego pero también, sin quererlo, despertó un sano debate sobre cómo las mujeres se apropian del fútbol porque les gusta y porque se permitieron dar rienda suelta al disfrute de un ícono de la belleza masculina;Marquitos Rojo, pibe humilde de potrero que se puso a la altura de los más grandes; Chiquito Romero, el arquero cuestionado en los inicios pero implacable en el mundial, salvo en el gol final. En síntesis, la principal virtud del equipo de Sabella terminó siendo el juego de equipo más allá de los astros (y otra vez mencionemos a Pékerman como parte de una escuela que, ojalá, siga marcando los destinos del fútbol latinoamericano de ahora en más).
Por último, las individualidades. El premio al mayor goleador para James, quien se lo merece más allá de la cantidad: hermosos goles fruto de la virtud de un crack. Y el Balón de Oro para Messi (¿premio consuelo?) que, como se vio en su cara al recibirlo, nada tuvo que festejar por la derrota en la final y, seguro también, porque aún siendo reconocido (aunque opinable, no es objeto de esta nota cuestionar que sea el mejor), estuvo lejos de su esperado nivel.
Como sea, son varios y destacados los motivos que permiten hablar de un nivel de excelencia de la generación que le toca ser expresión de este maravilloso deporte en Latinoamérica. 
El partido pendiente: FIFA vs. pasión popular
Que la FIFA es, efectivamente, una multinacional mafiosa y tramposa no está en discusión, o sí y eso es bueno: tal vez como nunca antes las denuncias a sus imposiciones ante los países anfitriones y las sospechas de corrupción y contubernios, probados o supuestos, quedaron a la vista por los rechazos populares en las calles de Brasil o en las redes sociales de todo el mundo. Para los amantes del fútbol hay un desafío allí: profundizar la batalla cultural contra los poderes constituidos que intentan prostituir un deporte al que, sin embargo, se aferran las grandes masas buscando disfrute, competencia y emoción.
¿Habilita esto a emparentar el buen fútbol latino con el estado de ánimo de sus pueblos? Muchos argumentos podrían desmentir esta comparación: desde el poder, llámese gobiernos o empresas multinacionales, exacerban un nacionalismo distraccionista de los verdaderos problemas que afectan a la vida cotidiana de nuestros pueblos, y buscan sacar provecho de un espíritu patriotero que fomenta una falsa unidad nacional tras la cual se cometen las peores injusticias. Ya sabemos eso. Pero, aún así, los pueblos tienen sus propias formas de resignificar hechos culturales de masas, entre ellos y en primer plano, el fútbol. Es legítimo y deseable reivindicar a una generación de jóvenes esforzados, virtuosos, que en muchos casos se identifican con sus pueblos al momento de sus triunfos (podemos salir de los estadios y escuchar a Nairo Quintana en Colombia o conocer las campañas solidarias con los villeros de su país de Di María). Es legítimo y deseable rescatar el espíritu colectivo de los seleccionados que rinden porque desarrollan un espíritu de equipo por sobre las individualidades. Son grandemente reivindicables esos directores técnicos que, además de buscar el éxito, educan a los jóvenes que dirigen en valores de humildad, sacrificio, modestia y entrega. Y por último: es perfectamente legítimo permitirse el festejo en masa, la celebración de los pueblos, la resignificación de una identidad nacional que nos hermane en las calles y las plazas de todo el continente.
Claro que las luchas de nuestros pueblos, las que se libran por cuestiones mucho más decisivas para nuestro futuro de lo que implican estos divertimentos deportivos, son muy otra cosa. Pero, aún para esos partidos que son los que importan, está bueno contagiarse de la autoestima en la que nos hermanan estos mágicos momentos que brinda algo tan banal y a la vez tan trascendente para las grandes mayorías, como es un sencillo mundial de fútbol.
Fuente: http://www.colombiainforma.info/

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