Fútbol chileno y Dictadura: mucho más que el “Estadio de Pinochet”

La todavía poca analizada relación entre la Dictadura y el fútbol chileno reapareció días atrás gracias a la afirmación de un nieto de Pinochet sobre que el aporte de su abuelo permitió terminar el Estadio Monumental.
Augusto Pinochet Molina habló molesto por la posibilidad de que en la próxima asamblea de la Corporación Club Social y Deportivo Colo Colo se discuta una moción para borrar a su abuelo de los registros del club y quitarle su calidad de presidente honorario.
De ser finalmente acogida la eventual ponencia el 30 de mayo próximo, fecha de la asamblea, el fútbol chileno habría comenzado por fin a dar pasos decididos para saldar sus propias cuentas con esos 17 años en que fue víctima, y a veces cómplice, de un régimen que se hizo del control del deporte como una de sus varias formas para mantener el dominio total del país.
Lo cierto es que la sempiterna acusación de los fanáticos de la Universidad de Chile a sus pares de Colo Colo acerca de la supuesta relación del club popular con el gobierno de facto de Pinochet caricaturiza un fenómeno que atravesó a todo el deporte chileno y del que tampoco escapó el club universitario.

Desgraciadamente, ya al día siguiente del Golpe, el fútbol cayó en las garras de los golpistas al ser utilizado el Estadio Nacional como un centro de reclusión, torturas y fusilamientos por el que pasaron unas siete mil personas, entre ellas el ex seleccionado para el Mundial de 1962, Hugo Lepe, liberado gracias a gestiones de amigos futbolistas, entre ellos Francisco Chamaco Valdés.
No pasaron más que algunas semanas para que el recinto fuese habilitado para el show ideado por la Asociación Central de Fútbol (ACF) y la FIFA con el fin de refrendar la clasificación de la selección nacional al Mundial de Alemania 1974 ante el desistimiento de la Unión Soviética de jugar el partido de revancha luego del 0-0 en Moscú, acusando que el estadio era un campo de concentración.
En medio de la incertidumbre que rodeaba ese partido de revancha, la FIFA, dirigida entonces por el inglés Stanley Rous, decidió enviar una delegación que inspeccionara el coliseo santiaguino y asegurara que había condiciones para jugar el encuentro entre chilenos y soviéticos, en caso de que finalmente se disputara.
La comitiva fue encabezada por el vicepresidente de la FIFA, el brasileño Abilio D’Almeida, reconocido anticomunista, y el secretario general, el suizo Helmuth Kaeser. El recorrido fue un formulismo. La FIFA había decidido de antemano hacer la vista gorda ante los horrores cometidos allí. Incluso hay relatos de que en ese momento todavía había prisioneros recluidos en algunos camarines.
Resuelta la aprobación del estadio y ratificada la negativa de la Unión Soviética a jugar, la FIFA y la ACF escenificaron un ritual inaudito a ojos contemporáneos para ratificar el triunfo por secretaría de 2-0 a favor de la Roja.
El pausado y casi avergonzado trote de los volantes y delanteros chilenos hacia el arco sur de la cancha, culminado con un gol anotado por el propio Chamaco en la boca de un arco vacío, fue la primera de las tantas mascaradas ideadas después en el contexto dictatorial. Casi puede verse la goleada 0-5 propinada minutos más tarde por el Santos de Brasil a Chile como una reivindicación del fútbol limpio y genuino, liderada por Edú, un escurridizo puntero izquierdo que causó admiración generalizada en esa triste tarde del 21 de noviembre de 1973.
En el Mundial de Alemania la Selección Nacional hizo esfuerzos infructuosos por clasificar a la segunda ronda, sin lograrlo. Junto con la expulsión de Carlos Caszely, otra imagen recordada fue la actuación de los Huasos Quincheros en la ceremonia inaugural, saliendo de una pelota de fútbol de gran tamaño encabezados por Benjamín Mackenna, que ya entonces cumplía un rol censor de los artistas populares.
ENTRETENCIÓN, GEOPOLÍTICA Y LIBRE MERCADO
Entretanto, las competencias internas en Primera y Segunda divisiones empezaron a mostrar algunas novedades significativas: el ingreso en varias directivas de oficiales de mediano rango de las fuerzas armadas o de alcaldes designados por el nuevo gobierno.
Interesados en congraciarse con los militares, los dirigentes del fútbol también aportaron lo suyo y nada hicieron por intentar preservar su autonomía. Al revés, Colo Colo, las dos universidades y otros equipos facilitaron la influencia militar al apoyar electoralmente en 1975 al general de Carabineros Eduardo Gordon Cañas, quien derrotó al entonces presidente vigente de la ACF, Francisco Fluxá, en unas elecciones propias de la época.
Fue delineándose así un escenario de dominio dictatorial sobre el fútbol.
Básicamente, ese control tuvo tres objetivos primordiales.
En los primeros años la intención obvia fue la de toda dictadura: apropiarse del deporte más popular para mantener calmadas a las masas. En la segunda mitad de los años 70, y volcada la balanza a favor de los adalides del libre mercado en detrimento de los nacionalistas, el propósito fue despojar al fútbol chileno de toda su raigambre social para impregnarlo del concepto de empresa e, indirectamente así, convencer a los cientos de miles de hinchas de las bondades del nuevo modelo económico.
Finalmente, una combinación de criterios geopolíticos y aquietamiento social alentó la incorporación de nuevos clubes en las tres regiones más nortinas y algunas sureñas, llegando la Primera División a tener en 1983 un total de 22 clubes. El campeonato resultó tan extenso que para la Copa Libertadores de 1984 la ACF debió entregar los cupos a Universidad Católica y O’Higgins, finalistas de la Copa Chile.
El paradigma de esta política fue la creación de Cobreloa, con asiento en Calama, financiado por Codelco y por los trabajadores de la División Chuquicamata, cuyo primer presidente fue el prefecto de Carabineros Francisco Núñez. Nada de inocencia hubo en este apoyo estatal. Al llevar al club naranja a la cima de Sudamérica el régimen militar pretendía distraer a los mineros nortinos, un núcleo laboral de enorme peso en el movimiento sindical y que seis años más tarde influiría decididamente en las convocatorias a las primeras protestas populares en medio de un escenario de crisis económica y agudo descontento social.
OCASO DE LOS GRANDES E IRRUPCIÓN DE LOS MECENAS
La mayor de las consecuencias deportivas de la intromisión dictatorial en el fútbol fue la declinación de los clubes populares a favor de los clubes controlados por mecenas.
Nadie cuestiona los méritos deportivos de Unión Española, Everton y Palestino, que hegemonizaron los títulos entre 1973 y 1978, pero sin duda que el poder monetario de Abel Alonso, Antonio Martínez, Enrique Atal y la familia Abumohor no tuvo el contrapeso de Colo Colo y Universidad de Chile, cuyo arrastre popular fue incapaz de resistir a la primacía del dinero. No por nada, el club albo vio como varios de los mejores jugadores del mítico elenco de 1973 -Leonel Herrera, Rafael González, Sergio Ahumada, Leonardo Véliz y Mario Galindo- alinearon en los hispanos y viñamarinos en esos primeros años post golpe.
Los males albos no acabaron allí. En 1976, una elección que enfrentaba al presidente Héctor Gálvez con el ex mandamás Antonio Labán fue impugnada por el régimen debido, entre otros factores, a la presencia en el bando opositor del dirigente sindical Tucapel Jiménez, ya entonces un acérrimo cuestionador de los Chicago Boys, actitud que seis años más tarde le costaría la vida al ser degollado por agentes de la Dirección de Inteligencia del Ejército.
La Digeder denegó entonces el permiso eleccionario, amparada en un decreto ley, y en abril de ese año destituyó a la directiva alba, cediendo el club al grupo económico BHC. La decisión fue revertida cuando asesores de la Junta Militar repararon en que la FIFA desafiliaba federaciones nacionales si estas permitían la intervención directa de gobiernos en clubes profesionales. En una maniobra típica de esos años se buscó un atajo: que la Asociación Central de Fútbol asumiera el proceso interventor a favor del BHC, lo que fue avalado por Gordon Cañas.
Finalmente el club albo terminó siendo dirigido por Luis Alberto Simián, hijo del ex arquero de la Universidad de Chile, y Gustavo Palacios. Entre otras decisiones propias de advenedizos, la dupla creó la rama de polo, el deporte más elitista del país. El absurdo fue recogido rápidamente por el escuchado programa humorístico radial “Residencial la Pichanga”. El huésped albo, “Juan Colo Colo”, pasó a llamarse “Pato Colo Colo”, y su hablar popular fue reemplazado por uno engolado, propio de alguien proveniente de las clases altas.
El paso del BHC no dejó sino malos resultados deportivos y económicos. Alejados los banqueros, el club fue encabezado por Miguel Balbi, un dirigente con trayectoria que en 1979 dejó el club al ser sacudido por otra intervención, esta vez resuelta por el directorio de la ACF presidido por Abel Alonso, y que puso en la testera a otro directivo con sangre hispana, Alejandro Ascuí.
La popularidad de Colo Colo fue utilizada también durante las protestas populares, programando algunas veces partidos amistosos que eran televisados para dejar a la gente en sus casas.
Fue en la misma época que la directiva decidió conferirle la calidad de presidente honorario a Pinochet. Corría 1984 cuando el directorio presidido por Patricio Vildósola, posteriormente miembro del ultraderechista movimiento Avanzada Nacional, tomó la decisión que aún pesa en el orgullo albo.
Casi encima del Plebiscito de 1988 la dictadura pretendió utilizar nuevamente la imagen de Colo Colo en su beneficio. Para ello, a cuatro días del sufragio Pinochet anunció públicamente que el Gobierno entregaría 300 millones de pesos para dejar totalmente terminado el Estadio Monumental, que a esas alturas ya estaba listo, salvo algunas estructuras y dependencias clave, como los servicios higiénicos.
Más allá de la mitología, sobre el tema han hablado casi todos los actores del episodio, de lado y lado. Aunque los ex mandamases albos lo han relativizado, al parecer el “ofertón” no fue mal mirado internamente. Peter Dragicevic, entonces presidente, se ha defendido diciendo más de alguna vez que en esa época era difícil rechazar una propuesta de Pinochet.
Lo concreto, y en eso coinciden todos los participantes de las conversaciones, es que el triunfo del NO hizo pasar al olvido el ofrecimiento. Finalmente, las terminaciones del Monumental fueron posibles gracias a la venta del atacante Hugo Eduardo Rubio al Bologna de Italia, en 1988.
LA U TAMBIÉN
La primera intervención de Colo Colo fue uno de los gestos más groseros de aquella época. Menos evidente, pero igual de gravosa para su prestigio, fue el control dictatorial sobre la Universidad de Chile a través de un dirigente azul histórico y acérrimo pinochetista: Rolando Molina. Su máximo logro fue separar al fútbol de la universidad por medio de la creación de la Corfuch. Todo, en medio de un proceso de desangramiento del plantel académico, mutilado de sus sedes regionales.
Al revés de lo que suelen esgrimir los hinchas azules, la declinación de su club y la nula obtención de logros durante 25 años no es atribuible al supuesto apoyo incondicional de la dictadura a su archirrival.
Más bien el ocaso azul hay que buscarlo en la incapacidad de sus directivas. Si alguien en el mundo del fútbol de esos años tenía acceso privilegiado a los escalones más altos de la dictadura, ese era Rolando Molina, que incluso llegó a presidir la ACF, en 1982. En ese puesto la gestión de Molina fue tan ineficiente como en su club de origen, al que ayudó generosamente. Tanto así, que en 1984, al desmoronarse su presidencia debido a la bancarrota del fútbol profesional, el 43% de la deuda pertenecía a Universidad de Chile, cuyo aval era precisamente el órgano central del fútbol.
Y Molina no fue el único de esa talla en la U. Justamente su sucesor en la presidencia azul fue Ambrosio Rodríguez, entonces Procurador General de la República, el máximo cargo legal-represivo de la dictadura y que en la época de las protestas populares perseguía a los líderes opositores y protegía los crímenes de la CNI.
El mismo Rodríguez relata en el libro “A discreción” (de los periodistas Carlos González y Braian Quezada), uno de los que ha escudriñado en esta temática, un episodio que reafirma ese vínculo del club universitario con la dictadura. “Una vez nos citaron a La Moneda para que firmara en la U el técnico Lucho (Luis) Santibáñez y nos encontramos en un patio con el general Pinochet. Me llamó a un lado y me dijo, para qué lo traen acá a firmar por la Chile, sabiendo que yo soy wanderino”.
Lo cierto es que salvo el intervalo de 13 años de la presidencia del doctor René Orozco, recién estrenada la democracia, antes y después a partir del Golpe Militar el club azul ha sido presa de poderes totalmente ajenos a los valores éticos que representó durante sus primeros 46 años de existencia.
En dictadura, con lo ya descrito. Y después de Orozco, en plena democracia, con la hegemonía de dirigentes con un doble denominador común: hinchas y representantes de los poderes económicos y fácticos surgidos al amparo de la privatización de las grandes empresas del Estado, de la educación superior y de la salud. José Yuraszeck, Carlos Délano, Federico Valdés son nombres que caben en esta categoría.
EXCESOS Y ABUSOS
El abuso de poder que caracterizó al régimen tuvo su correlato en el fútbol.
Episodios de esta índole sobran en esos 17 años de privación de libertad sufrida por el país.
Varios de ellos tienen como protagonista al ya mencionado Eduardo Gordon, primo de Humberto Gordon Rubio, general de Ejército y director de la CNI.
En 1976 prohibió vía decreto la venta al extranjero de cualquier jugador “seleccionable”. Se acercaban las eliminatorias para el Mundial de Argentina 1978 y así Gordon quería impedir la fuga de talentos, en una época en que nada obligaba a los clubes de todo el mundo a ceder a jugadores solicitados por sus países con el fin de que defendieran los colores patrios.
Chile tenía un contingente valioso afuera, encabezado por Carlos Caszely.
El decreto en cuestión fue aplicado contra uno de los mejores defensas del torneo chileno, Mario Soto, entonces en Unión Española. A fines de 1976, el club hispano anunció su traspaso al Cruzeiro brasileño, flamante campeón continental, a cambio de 180 mil dólares.
Todo se fue al traste cuando Gordon esgrimió el decreto y afirmó que “el organismo que presido no otorgará el pase internacional a ningún elemento que esté considerado en los planes de Caupolicán Peña, el seleccionador nacional”. Este último no pudo más que respaldar la decisión, motivando la indignación de Abel Alonso, que después sucedería a Gordon al mando de la ACF.
Bajo el mandato de Gordon ocurrió uno de los mayores escándalos internacionales. Fue en el verano de 1979 cuando se descubrió que prácticamente toda la selección juvenil que disputaba el Sudamericano de Paysandú (Uruguay) estaba excedida en la edad tope y que había sido inscrita gracias a la adulteración de pasaportes en concomitancia con el Registro Civil, servicio público que en esos años sirvió también a los intereses de los organismos de seguridad.
De los 20 jugadores que viajaron al torneo, sólo José Luis Álvarez, Fernando Astengo y Óscar Meneses -los tres nacidos en 1960- cumplían con la edad. Estos dos últimos fueron llamados de emergencia en pleno campeonato para intentar tapar la trampa que se caía a pedazos. Entre los ilegales había valiosas promesas como Roberto Rojas, Edgardo Fuentes, Osvaldo Vargas, Marcelo Pacheco, Óscar Rojas, Raúl Ormeño, Francisco Ugarte, Osvaldo Hurtado, Juan Carlos Letelier y Mariano Puyol. Todos habían nacido entre 1957 y 1959.
El escándalo fue tal que se escapó de las manos de la ACF y de la dictadura. El entrenador Pedro García, el coordinador Enrique Jorquera, la mayoría del plantel, funcionarios del Registro Civil y de una agencia de viajes fueron a dar a prisión en un proceso que motivó incluso la prohibición de informar durante buena parte del proceso.
Finalmente, el hilo se cortó por lo más delgado. Los ideólogos mayores de la trampa libraron, y funcionarios intermedios, como el entrenador, recibieron condenas de presidio menor.
Los entretelones de la trama fueron minuciosamente relatados en el libro “Historias Secretas del Fútbol I” (Luis Urrutia O’Nell y Juan Cristóbal Guarello).
A la distancia, queda claro que los jóvenes futbolistas se vieron envueltos en una trama que los superaba. Sin embargo, salvo Edgardo Fuentes, ningún otro puso objeción alguna para participar en ella, a sabiendas que no cumplían con los requisitos.
Atribuir esa conducta de los jugadores al temor de vivir en Dictadura parece en este caso una exageración. No hay que olvidar que el fútbol es un deporte y negocio donde la ética deportiva no es una máxima y cuya historia está plagada de maniobras indebidas en todos sus niveles.
En el caso de los futbolistas, sabido es que desde pequeños aprenden a simular faltas para engañar a los árbitros, provocar a sus rivales y otras argucias cobijadas bajo un curioso código de que “lo que ocurre en la cancha, se queda en la cancha”.
No poco de esa suerte de reflejo condicionado pudo haber en la complicidad de los seleccionados juveniles, algunos de los cuales 10 años más tarde serían parte del equipo nacional protagonista del “mayor fraude del fútbol mundial”, como lo denominó la FIFA.
Pero es indesmentible que el montaje solo pudo ser ideado en un contexto dictatorial, el que amparaba cualquier ilegalidad, por repudiable que fuese, en aras del supuesto interés superior de la patria. No es ajena a esta causalidad el que el general Gordon fuera sacado de la esfera pública al ser enviado como embajador en Nicaragua.
Otra reflexión sobre esta vergüenza, ahora desde el lado del periodismo. El fraude únicamente pudo ser posible en medio de la inexistencia de la libertad de prensa. Previo al campeonato el periodismo no reparó o no quiso reparar en algo que a todas luces era irregular: la nómina incluía a varios que habían jugado en el Sudamericano anterior, dos años antes, en 1977. Hubiese bastado con cotejar sus años de nacimiento en ese primer torneo para comprobar que estaban pasados al menos en dos años con la edad límite.
Tampoco escapa al período de Gordon la censura en contra de Caszely.
El hijo de un trabajador ferroviario era conocido por sus simpatías con el gobierno de la Unidad Popular, en el que participó en trabajos voluntarios y posó pala en mano con Gladys Marín. Después del Golpe, dolorido por la detención y malos tratos recibidos por su mamá, Olga Garrido, el goleador toreó varias veces a la dictadura, y al propio Pinochet. Éste incluso simuló una vez cortarle la corbata roja que lucía el bigotudo ídolo durante un saludo protocolar al equipo nacional.
El escrupuloso trato que debía dar el régimen a un jugador tan popular llevó a sus jerarcas a buscar un modo oblicuo de desquitarse. La oportunidad se les presentó con ocasión de las eliminatorias para el Mundial de Argentina de 1978. Caszely estaba en la cúspide de su carrera y jugaba por el Español de Barcelona.
Según su relato, una noche de domingo, poco antes del inicio de la competición que reunía a Perú, Ecuador y Chile, “me llama Caupolicán Peña para decirme que no estoy citado. Sorpresa mía y sorpresa para todos mis compañeros. Después, con el tiempo, supimos que Gordon había dicho que no era conveniente que me llamaran porque iba a ir Pinochet al estadio, y si yo le hacía un gol a Perú se iba a sentir medio mal. Desgraciadamente, por esa ceguera no pude venir”.
En rigor, la versión de Caszely puede tener sustento porque para esas eliminatorias todo el resto de los mejores jugadores del extranjero llegó a Chile a defender a la Roja, como Carlos Reinoso, Ignacio Prieto, Osvaldo Castro y Miguel Ángel Gamboa. Elías Figueroa y Alberto Quintano, la mejor dupla de centrales del fútbol nacional, ya estaba de regreso en la liga chilena.
Pero Caszely se tomó la revancha dos veces.
La primera, con ocasión de su despedida del fútbol, en 1985. En un Estadio Nacional repleto, piquetes de las Juventudes Comunistas se desplegaron estratégicamente en todo el recinto y lograron transformar el partido en una de las protestas en los estadios más sonadas de aquella época. “¡A Caszely, salud, aquí está la Juventud!”, gritaban los de amaranto, mientras el resto de la concurrencia encendía antorchas y bramaba el clásico “¡Y va a caer! ¡Y va a caer!”.
La segunda, en la campaña del Plebiscito de 1988. En uno de los spot más impactantes del Comando del No, Caszely apareció en pantalla junto a su madre, que relataba aquella detención vejatoria que había sufrido poco después del Golpe Militar.
Caszely se reservó para el final su mejor carta y, desde su sitial de ídolo popular, ayudó con su compromiso a sacar a la dictadura del poder.
Pero no todos los ídolos futbolísticos lograron salir indemnes.
En el contexto de ese período opresivo e inmoral, a menos de un año de su término, Roberto Cóndor Rojas, uno de los grandes de la historia del fútbol chileno, discurrió el engaño en el Estadio Maracaná, simulando haber sido herido por una bengala con el propósito clasificar a Chile al Mundial de Italia 1990 a través de la descalificación del gigante Brasil.
Rojas, un caudillo indiscutible en un grupo de grandes jugadores, no era precisamente un adepto del régimen militar. En los años ‘80, en su reinado en el equipo de todos, tuvo algunos gestos decidores, como el regalo de una autografiada camiseta de la selección chilena al exiliado grupo musical Inti Illimani.
Aun así, el Cóndor no pudo escapar al sino de haberse formado deportivamente en la época del “todo vale”. Él -junto a Astengo, Ormeño y Letelier- era parte de ese contingente pseudo juvenil que participó en el fraude de Paysandú.
Y no aprendió la lección.
Fuente: El Mostrador

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Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizá sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado, una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos. No puede descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.
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