Claudio Tamburrini, el portero que escapó del horror

El 24 de marzo del 2012, se cumplen 36 años del comienzo de la última dictadura argentina, que estuvo comandada en un principio por los esbirros Videla, Massera y Agosti. A continuación la historia de un futbolista militante y rebelde, el portero Claudio Tamburrini.
Tamburrini, era uno de los arqueros del Club Atlético Almagro de su país, y estaba a punto de afianzarse como el titular del equipo, cuando fue raptado el día 23 de noviembre de 1977 por las fuerzas militares que el año anterior se habían hecho con el poder. La razón: fuera de los entrenamientos con el club, el guardameta era estudiante de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y además había estado afiliado al Partido Comunista, motivo por el cual su pensamiento era “de riesgo”.
“Yo vivía en Maldonado 332, Ciudadela; en ese momento, cuando llego a casa, suena el timbre y se presentan dos personas armadas que me preguntan por mi identidad, respondo positivamente y me suben a una camioneta diciéndome que tienen que hacer averiguaciones; pregunto sobre qué se trata y me dicen que ya van a explicarme más tarde” recordó luego en los juicios contra los militares.
Una vez raptado, Tamburrini pasó 120 días en la Mansión Seré, en Morón, en un predio que el intendente de ese momento le cedió a la Brigada Aérea de la ciudad. Durante ese tiempo, fue torturado en numerosas ocasiones.
“Se me aplicó repetidas veces la llamada picana eléctrica, durante un lapso que no podría precisar con exactitud, porque no tenía noción del tiempo, por todas partes del cuerpo, previamente se me había desvestido para tal efecto. Había una broma recurrente que hacían los de la patota. Entraban y decían: ¿Quién es el arquero de Almagro? Yo, señor, contestaba, y ya me iba poniendo en guardia, porque por lo general me pegaban muy fuerte en la boca del estómago mientras decían: Atajate ésta” rememora.
Como una paradoja del destino, el escape de Tamburrini, desde un tercer piso, y colgado de sábanas, se produjo el 24 de marzo de 1978 -día en el que había comenzado, dos años antes, esa locura en forma de gobierno- en medio de una terrible tormenta eléctrica. Ellos huyeron desnudos, no sólo de vestimentas sino de alma, y perseguidos por los helicópteros de la Brigada, que habían alertado su salida.
 “Así fue tomando forma este plan, abrir la ventana con el tornillo y soltar lo más rápida y silenciosamente posible el cable de plancha; abrir la persiana, salir al balcón, anudar las colchas, reforzarlas con las correas, atar las colchas a un pilar del balcón, deslizarnos por las sogas y ganar el campo”. Estas palabras, que leídas así parecen de ciencia ficción, le permitieron a él y sus tres compañeros protagonizar la única fuga registrada de un centro de detención durante esa época.
Lo increíble del caso es que Claudio, aún cuando las circunstancias obligaban a una salida del país lo más pronto posible hacia Europa, decidió mantenerse en su nación por algunos meses más, permaneciendo escondido en diferentes domicilios. De hecho, cada siete días cambiaba de morada para evitar los controles. Incluso, recuerda que volvió a sentir el aroma de la libertad al festejar la conquista Argentina en el Mundial de 1978, curiosamente sostenida por los militares.
A pesar del riesgo, comenzó a manejar un taxi bajo otro nombre, empleo gracias al cual consiguió juntar la cantidad de dinero necesaria para marcharse finalmente rumbo a Estocolmo, Suecia. Para sumar algún factor heroico a su accionar, Tamburrini decidió pasar, una semana antes de su marcha, por la misma Mansión Seré, para de esa forma llevarse una última imagen distinta de una casa que luego sería derrumbada completamente.
Ya afianzado en Europa, casado, con hijos, y siendo un destacado profesor de Filosofía de la Universidad de Gotemburgo, el ex futbolista se dedicó a escribir su historia, denominada “Pase Libre: la Fuga de la Mansión Seré” la cual posteriormente fue llevada a la pantalla grande en la Argentina, en la película “Crónica de una Fuga”.
Fuente: http://labandaizquierda.blogspot.com/

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Un entrenador genera una idea, luego tiene que convencer de que esa idea es la que lo va a acompañar a buscar la eficacia, después tiene que encontrar en el jugador el compromiso de que cuando venga la adversidad no traicionemos la idea. Son las tres premisas que tiene un entrenador. Napoleón no era un táctico, sino un estratega. Si tenía que cambiar, cambiaba. Eso vale para el fútbol también.
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