El doblepensar de las instituciones deportivas ante las esteladas e ikurriñas en los estadios

Por Carlos Pulleiro (*).- Sobre la politización del deporte, las instituciones deportivas realizan una labor de persecución al despliegue de simbología de naciones sin Estado como Euskal Herria o Catalunya en recintos deportivos. A su vez, estas mismas instituciones, protegen y legitiman la simbología de los Estados en un claro ejercicio de doblepensar orwelliano.
Aparece estos días en prensa española que la UEFA podría plantearse sancionar al F.C. Barcelona por la exhibición de banderas esteladas en su estadio con el artículo 14.7 de su Código Disciplinario, en el que se especifica que “están prohibidas todas las formas de propaganda ideológica, política y religiosa” en el deporte. De llevarse a cabo, el club se arriesgaría a sufrir una sanción que puede abarcar el cierre parcial o total del campo, la pérdida de puntos o hasta la expulsión de la competición, lo que se sumaría a las multas económicas de 30.000 y 40.000 euros impuestas con anterioridad por la propia UEFA.

Estas sanciones o amenazas no son algo nuevo para las naciones sin Estado, ni son exclusivas de las competiciones de fútbol europeas. Recordemos como en los Juegos Olímpicos de Londres en 2012 se obligó a los seguidores y familiares de la deportista vasca Maialen Chourraut, que competía en la modalidad de K1 en eslalon, a retirar una ikurriña de la grada, a pesar de que incluso en este caso, la normativa olímpica especifica que las banderas de las naciones bajo el paraguas de un Estado participante en los Juegos Olímpicos pueden mostrarse sin restricciones. Por ello, a pesar de no ser una situación nueva la del Camp Nou, sí que se puede identificar una lógica político-deportiva constante detrás de estos comportamientos por parte de las instituciones deportivas internacionales, donde aquello que se determina como político o no en clave nacional en el deporte, quedaría determinado a expensas exclusivamente del reconocimiento de sujetos políticos por parte de las autoridades deportivas.
Así, observando la historia del deporte, se puede constatar cómo la representación deportiva por parte de los Estados es la realidad imperante desde sus inicios, haciendo de otros modelos deportivos nacionales (naciones sin Estado, colonias o territorios de ultramar por ejemplo) una excepción que se tolera y permite solamente bajo consentimiento explícito de los Estados a los que se pertenece en diferentes escenarios histórico-políticos. La institucionalización de esto se realiza en 1996, cuando el Comité Olímpico Internacional determina que para el reconocimiento de Comités Olímpicos Nacionales país significa exclusivamente “un Estado independiente reconocido por la Comunidad Internacional”, tal
y como recoge el artículo 30.1 de la Carta Olímpica y que posteriormente sería copiado literalmente por multitud de federaciones deportivas internacionales.
La existencia por lo tanto de una relación política dominante en el deporte en clave estatal, no implica solamente bajo que bandera e himno compiten los deportistas, sino también la capacidad de implementar los límites a la hora de determinar que es sancionable políticamente en el deporte en clave nacional, teniendo para ello en cuenta que un rol fundamental de las instituciones deportivas es el de ser vigilantes precisamente de la neutralidad política del deporte.
El término doblepensar, surgido de la célebre novela de George Orwell 1984, significa tener “el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente”, y es precisamente lo que efectúan las instituciones deportivas en materia política: cualquier simbología o cántico de carga político-ideológica que suceda en una instalación deportiva que esté sustentado en el reconocimiento político internacional, y por lo tanto también en el deportivo, no es denunciable; mientras que una situación idéntica con simbología o cánticos no reconocidos políticamente a nivel internacional y por lo tanto, tampoco deportivamente, supone una politización del deporte denunciable y sancionable.
En el Estado español el mejor ejemplo que se puede ofrecer de esto mismo sucede en la final de la Copa del Rey de fútbol, donde las instituciones deportivas no se cuestionan ni persiguen, en su papel de vigilantes de la neutralidad política del deporte, porqué el campeonato debe ser de la monarquía, porqué debe sonar el himno del Estado antes del partido o porqué es el propio rey el que entrega el trofeo a los campeones; sino que su preocupación máxima es que las aficiones vasca y catalana no muestren su rechazo a la Corona y al Estado a través de silbidos, pancartas o banderas; y que en caso de que esto suceda se promuevan sanciones al considerarlo una politización inaceptable del deporte. Pero esto no solo sucede en competiciones del Estado español, ya que mientras los medios españoles se escandalizan y la UEFA pide perdón por utilizar en un video publicitario del F.C Barcelona imágenes de las propias esteladas, se alaba globalmente a la selección francesa de fútbol y a La Marsellesa en los estadios de fútbol como símbolos de unidad nacional y solidaridad tras los atentados acaecidos en París el viernes 13 de noviembre. Ni que decir tiene, que si este horrible drama se hubiera dado en Catalunya o Euskal Herria y se hubiera planeado alguna respuesta deportiva desde allí en clave nacional; esta hubiera sido como mínimo atacada públicamente por emplear el dolor humano en sus reivindicaciones políticas.
Por lo tanto el doblepensar se produce cuando las instituciones deportivas despolitizan o amparan a los combinados deportivos nacionales de los Estados, a sus cánticos, a sus himnos y sus banderas en recintos deportivos, a la vez que acusan de politizar el deporte a aquellas otras expresiones políticas nacionales que realizan exactamente las mismas acciones pero que no cuentan con un Estado propio. Con todo esto debería quedarnos claro que las instituciones deportivas no serían solamente vigilantes de la neutralidad política del deporte como se suele argumentar en intervenciones de este tipo, sino que ejercerían también de vigilantes del statu-quo político y de su mantenimiento a través del deporte. Así, tanto en competiciones nacionales como internacionales se buscaría evitar, perseguir o sancionar el despliegue de simbología nacional vasca y catalana, que cuestionaría la integridad del Estado español, especialmente en situaciones de crisis política como la actual, donde el deporte y su significado político cobran una importancia mayor de la habitual.
(*) CARLOS PULLEIRO MENDEZ: INVESTIGADOR PREDOCTORAL DE RELACIONES INTERNACIONALES EN LA UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO

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