Muerto de hambre! Nicolás Díaz, fake news sobre Venezuela y la responsabilidad de los medios

En el fútbol concebido como un negocio, como industria, la formación ética-política de los jugadores de las divisiones inferiores es mínima sino nula. No hablamos ni siquiera de que se les haga reflexionar sobre sus derechos como seres humanos, sobre la importancia de estar sindicalizado u otras ideas relacionadas, con que no son gladiadores dando pan y circo a las masas, sino actores sociales que debiesen tener conciencia de clase trabajadora y popular, coherente con la clase social de donde viene la mayoría de los futbolistas. Simplemente hablamos de, al menos poner en cuestión la lógica neoliberal del todo vale, con tal de conseguir el éxito o la victoria. De tener tolerancia a la frustración cuando no me van bien las cosas deportivamente y que no puedo ir insultando e hiriendo a las personas cuando eso ocurra. Algo básico en la formación de seres humanos, que son finalmente quienes juegan al fútbol.

Problemas graves han sido denunciados en el fútbol formativo, reportajes completos sobre como el acoso entre compañeros de equipo es un drama silencioso, una valla más de las que tienen superar muchas personas para llegar al fútbol profesional. Boicoteos de unos a otros, bullyng, vejaciones y otras situaciones deben vivir unos y hacer otros para que nos les quiten la posibilidad de llegar arriba. La lógica del enemigo interno.

A las concesionarias sólo les importan los dividendos que pueda dar un jugador en futuras transferencias, no si el joven tiene herramientas para manejar la presión ni para tomar decisiones que puedan ser positivas para sí y su entorno. Casi no hay educación ni rol social en el fútbol actual, se perdió en nombre del espectáculo y de la modernidad, en definitiva, del gran negocio en que han convertido el deporte más popular del mundo.

Hace poco, también estuvo en el tapete el caso de Juan Carlos Gaete –jugador que fue contratado/no contratado por Colo Colo desde Cobresal- el cual encendió alarmas diversas y muchas especulaciones, que llevaron a los medios a realizar consultas a psicólogos deportivos y ex entrenadores. Las especulaciones dieron pie a opiniones sobre el joven futbolista que dan asco y pena al ver en que nos hemos convertido como sociedad, mostrando el sentido común del neoliberalismo chileno, clasismo por unos, machismo por otros, faranduleo por parte de una prensa que no puede llamarse deportiva, sobreexposición de la familia y casi nula defensa del ser humano por parte de las SAD.

El reciente fin de semana, un nuevo hecho ha ensuciado y manchado la pelota. En el sudamericano Sub20, que se juega actualmente en Chile, durante el partido entre “La Roja” y Venezuela, el defensor chileno Nicolás Díaz, tras un roce futbolístico, insultó al jugador venezolano Pablo Bonilla, llamándolo “muerto de hambre”.

Tras este hecho todo el mundo se lanzó en contra del jugador, algunos, los de siempre en lugar de cuestionar la mala actitud ética del futbolista chileno intentaron el empate citando los insultos que le venían en contra. Aun así, Nicolás Díaz tuvo que salir a pedir disculpas ya que se generó un incendio diplomático/deportivo.

Lo acontecido, otra expresión más de la sociedad neoliberal, con tintes cada vez más fascistas, en que se están criando nuestros niños y jóvenes. El racismo, el clasismo, la xenofobia, y otras formas de discriminación están presentes en el sentido común que se nos inculca. Aplasta al otro, al que no puede o no tiene, humíllalo. Para los desmemoriados sólo recordar como algunos/muchos chilenos trataban de ambrientinos al pueblo argentino, cuando les tocó padecer la crisis capitalista que los empobreció a principios del 2000. Hipermetropía cultural que nos hace ver los problemas de otros pueblos y no los propios, problemas sociales y desigualdad brutal adormecidos en base a la sobreexplotación, el crédito, la deuda y la compra de alimentos en cuotas. Pero los pobres son otros.

Pero la pregunta que nos hacemos respecto a lo de Díaz es ¿Quién tiene más culpa? El joven que repite lo que los medios le bombardean a diario sobre Venezuela, muchas de estas mentiras por lo demás, o los medios que ahora lo ahogan en críticas desde una falsa moral, desde una actitud sumamente hipócrita porque son quienes las propagan.

Ya lo dijo Marcelo Bielsa hace un tiempo en un seminario en Brasil, donde le dio con todo a los medios de comunicación: “Influyen más que la familia y la escuela, que son en verdad los elementos genuinos de formación. Es una vergüenza que los medios eduquen a la gente, porque tienen intereses específicos diferentes a los que tiene la escuela”. Agregando: “En eso se especializan los medios de comunicación: en pervertir a los seres humanos”.

En tiempos en que la educación también es vista como un negocio, una industria, en palabras del propio presidente de Chile, Sebastián Piñera, nuestra juventud se educa en porcentaje importante  en las diversas redes sociales existentes, con bots y con medios que no existen de forma seria, y de los cuales hacen eco, medios que supuestamente lo son, para difundir exitismo, individualismo,  competencia, odio, caridad, discriminación, machismo –las ideas hegemónicas-; y también noticias e imágenes sobre Venezuela –el enemigo común de las oligarquías y en consecuencia de los medios de comunicación de los que son dueñas-, que derechamente son mentiras, todo para generar una percepción y una realidad completamente distorsionada de lo que ocurre en la  República Bolivariana de Venezuela-. Su objetivo, justificar un futuro golpe de Estado o una agresión extranjera validada por gobiernos que son verdaderos títeres de los intereses que quieren devolver a Venezuela a ser el columpio o el resbalín del patio trasero estadounidense.

Hay dificultades en Venezuela, claro que las hay, no las negamos. Pero allá la gente no se muere de hambre ni come gatos ni perros para subsistir, ni los animales del zoológico se están muriendo de desnutrición como sale en muchos medios. Alimentos también hay, sólo que están muy caros ya cada vez que el gobierno bolivariano sube el salario de los trabajadores, los empresarios suben el de los alimentos y lo dolarizan a un valor paralelo proporcionado desde Miami, generando un circulo vicioso, donde solo los más humildes son los que se ven perjudicados, ya que a los ricos y las capas medias altas no les falta nada, son los dueños de las empresas y supermercados o viven bien en otros países.

Aun así, quienes nos informamos por otros medios, sabemos los esfuerzos que realiza el gobierno de Nicolás Maduro, ya que reparte de forma regular cajas con alimentos y artículos de aseo (Los CLAP) para que cada familia pueda cubrir sus necesidades básicas mientras dure esta guerra multidimensional de baja intensidad. Y por el lado del pueblo más concientizado y avanzado, también están las comunas –formas de organización popular-, que intentan independizarse de ese mercado diabólico generando espacios barriales de autogestión en la producción alimentaria, huertas comunitarias, producción de bienes básicos, entre otras medidas. La vida allá continúa, el Estado asegura todos los derechos sociales, incluidas la educación, la recreación y el deporte durante la Revolución Bolivariana, a pesar de las dificultades y boicoteos, ha seguido siendo parte central de lo que busca la revolución en cuanto al desarrollo integral de hombres, mujeres, jóvenes, niñas y niños. Muestra de ello es como las selecciones venezolanas en el fútbol, se han ido convirtiendo en rivales muy difíciles para todas las selecciones de Sudamérica.

Para finalizar, creemos que es desde esa percepción difusa que los medios han construido en Chile sobre Venezuela, que Nicolás Díaz insultó a su compañero venezolano. Los medios de comunicación y sus desviaciones éticas, la manipulación en la información relevante para la vida de los ciudadanos, las noticias basadas en el “miente, miente que algo queda”, están siendo responsables de fomentar prejuicios y crear un futuro negro para que podamos convivir de forma respetuosa y en paz con los pueblos del mundo, tanto dentro como fuera de una cancha. Una pena por lo que se viene si no somos capaces de frenarlo desde ahora.

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