Mayo del 68, el fútbol para los futbolistas

A 45 años, hoy  se habla de como el mayo francés caló también en el mundo del fútbol galo y algunos jugadores se rebelaron contra unos contratos de casi semiesclavitud con sus equipos. Llegaron a ocupar la sede de la Federación Francesa de Fútbol durante cuatro días y demostraron que en el fútbol también existe la lucha y el sacrificio fuera del campo por más cosas que meter un balón entre los tres palos.
En tiempos convulsos y revueltos como los que vivimos habría que replantearse que fútbol queremos y dejar claro que lo que nos venden como fútbol no es más que una orgía de dinero e intereses, un ámbito otrora lúdico e idílico corrompido hoy  por el más grosero e infame mercantilismo, una farsa que vulgariza y prostituye el espíritu original del magno deporte planetario. Creo que, para empezar, sería necesario el fijar topes salariales y “amateurizar” un deporte que hoy oficia de circo narcotizador de mentes…y que a pesar de todo no nos deja (ni dejará) de gustar.

Pasados unos minutos de las ocho de la mañana del miércoles 22 de mayo de 1968, un individuo se agachó a atarse los cordones de sus zapatos delante de la puerta del número 60 bis de la Avenue d’Ièna de París. Era la señal acordada días antes en la casa de Pierre Lameignère para la ocupación de la sede de la Federación Francesa de Fútbol como antes habían hecho los estudiantes con la Sorbona o el Odeon o los trabajadores con las fábricas de Renault o Citroën. Todo estaba planificado y estudiado: la hora, las personas que habría dentro, cómo actuar al entrar, evitar llamar la atención porque es un barrio lleno de embajadas y fuerzas de seguridad… Poco después, la fachada de la Federación lucía dos pancartas: “El fútbol, para los futbolistas” y “La Federación, propiedad de los 600.000 futbolistas”. Un grupo de jugadores amateurs, algunos de ellos como Lameignère redactores de la revista ‘Miroir du Football’ vinculada íntimamente con el Partido Comunista Francés, metía de lleno al fútbol en el Mayo del 68.
Detrás del asalto sin violencia física a la sede federativa latía una situación larvada desde hacía años, la precariedad de los derechos de los futbolistas franceses, que desde el momento en el que firmaban un contrato profesional quedaban ligados al club hasta los 35 años y entregaban cualquier decisión sobre su futuro a cambio de salarios que en algún caso no llegaba al mínimo interprofesional.
Las relaciones entre los que mandaban y los jugadores eran muy tensas desde hacía años. Hartos de ser maltratados, en noviembre de 1961 (en 2011 ha celebrado su 50 aniversario) nació la Unión Nacional de Futbolistas Profesionales (UNFP). Al frente, Just Fontaine, el hombre que había hecho 13 goles en el Mundial de 1958 (marca aún no superada hoy) y Eugen N’Jo Lea, nacido en Camerún, debutante con 11 goles en el Roanne y campeón de Liga con el Saint-Étienne, equipo que abandonó a pesar de ser el mejor de Francia para marcharse al Racing de Paris y poder seguir sus estudios de derecho en La Sorbona.
La UNFP fue poniendo piedras en el camino. En los despachos causó estupor que Fontaine, un futbolista que lo tenía todo, se pusiera a reclamar por los de abajo, pero lo que hizo mucho daño fue un artículo de Raymond Kopa, la gran estrella francesa y ex jugador del Real Madrid, en ‘France Dimanche’. Bajo el título “Los jugadores son esclavos”, el 4 de julio de 1963, Kopa denunciaba la situación del futbolista francés y desataba una tormenta tremenda al elegir la palabra esclavos y frases como “hoy, en pleno siglo XX, el futbolista profesional es el único ser humano que puede ser vendido y comprado sin contar su opinión”.
Así, en medio de la revuelta que convulsionó París y al mundo en mayo de 1968 y llenó de barricadas la Ciudad de la Luz, los jugadores amateurs de la región parisina ocuparon la sede de la Federación Francesa. Retuvieron a los empleados durante unas horas, pero a los que encerraron en un cuarto fue a Pierre Delauny, secretario general e hijo Henry Delaunay, el padre de la Eurocopa, y George Boulogne, instructor nacional del fútbol francés. Pronto, los ocupantes elaboraron un documento que repartieron en la calle con seis puntos: limitar la temporada a ocho meses, mejora de los campos de fútbol e instalaciones, anulación de la licencia B por favorecer sólo a los grandes clubes y perjudicar a los jugadores y a los equipos pequeños, denunciar el trato vejatorio del seleccionador francés (Louis Dugauguez) para con los jugadores y el fútbol francés, destacar la situación de esclavitud de la que acusó Kopa y una gestión de la Federación “como si corrieran los tiempos de Luis XVI”.
A ello añadían exigencias: limitar la temporada, eliminar la licencia B y la destitución a través de un referéndum entre los 600.000 futbolistas con ficha federativa de los gestores del fútbol. La firma era del Comité de Acción de los Futbolistas.
Uno de los acusados, el seleccionador Louis Dugauguez, había litigado con Fontaine y Kopa en la selección y era el técnico que en el Sedan apoyó a sus presidentes para levantar cada día a los jugadores a las seis de la mañana con la explicación de que eran obreros al servicio de su empresa.
Para sorpresa de directivos y políticos, los rebeldes amateurs encontraron apoyo en jugadores profesionales. Fueron los casos de Fontaine (gran amigo de Di Stéfano, con el que pasaba las vacaciones en la Costa Azul), Kopa, Douis o Mekloufi y el apoyo inicial del sindicato de jugadores, presidido entonces por Michel Hidalgo, futuro seleccionador francés.
Hasta bien entrado el día 23, la Federación no condenó una ocupación que iba a durar cuatro días. Boulogne, una vez liberado, se puso al mando de una operación propagandística a través de los grandes medios en la que se acusaba a los jugadores de “una ocupación política y antidemocrática”. La revuelta se fue apagando a la par que todo el movimiento que tomó las calles de París. El sindicato de jugadores terminó poniéndose al lado de la Federación, al igual que los entrenadores. Hidalgo explicó que los futbolistas profesionales huían “de la anarquía y el desorden”.
Sin embargo, los ‘enrabietados de mayo’, como se les bautizó, lograron algunos de sus objetivos. Su principal batalla, la licencia B, que entre otra cosas impedía a un jugador que se iba a otro club jugar en el primer equipo de su nueva entidad, la ganaron al ser anulada por denigrar a los jugadores. Además, se inició un proceso de democratización de las infraestructuras del fútbol francés. Antes de acabar 1968, el presidente de la FFF, Antoine Chiarisoli, dejaba su despacho y Pierre Delaunay, temeroso de quedar en un segundo escalón, prefirió irse a casa. Del movimiento de mayo de 1968 acabaron aprovechándose todos los jugadores franceses a pesar de que sólo los parisinos se implicaron en la batalla. Por algo, en enero de 2007, cuando Michel Platini fue elegido presidente de la UEFA batiendo en las elecciones al sueco Johansson, eligió un slogan en su primer discurso: “El fútbol, para los futbolistas”.
Fuente: http://1977voltios.blogspot.com

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