Grondona, de títere de la dictadura a dueño de la pelota en todos los gobiernos argentinos

Julio Humberto Grondona no fue solo un dirigente de fútbol. El presidente de la AFA fallecido ayer a los 82 años tuvo estrecha relación con el poder político. Participó de los procesos más nefastos de la historia argentina reciente, durante los poco más de 34 años que duró su mandato al frente de la Asociación del Fútbol Argentino. Grondona fue siempre un protagonista indeseado desde que asumió en 1979, en medio de la dictadura militar más sangrienta, pasando por la entrega del país durante el menemismo en los 90, hasta llegar al Fútbol para Todos con el kirchnerismo, del que se cumplirán cinco años el mes próximo. 
“Don Julio” llegó a la AFA el 6 de abril de 1979 de la mano del vicealmirante Carlos Alberto Lacoste, que era quien tomaba las decisiones del fútbol en esos años de plomo y el encargado de organizar el mundial 78. Así, Grondona le ganó la pulseada al entonces presidente de Estudiantes Ignacio Ercoli, que era el elegido de los clubes. 

A pesar de haber ocupado el cargo más alto del fútbol durante la dictadura militar más cruenta de la Argentina, Grondona no solo continuó en sus funciones sino que vio pasar a nueve presidentes democráticos. Con el gobierno de Carlos Menem aumentó sus negocios oscuros con el fútbol y creció su fortuna personal. Ese enriquecimiento motivó una denuncia penal del entonces diputado Mario Das Neves en la que adjuntó pruebas de la participación de Grondona, entre otras personas, en negocios inmobiliarios junto con allegados menemistas. 
La relación de Julio Grondona con los barrabravas y la violencia en el fútbol argentino fue una constante de su gestión al frente de la AFA. Durante sus casi 35 años de mandato hubo que lamentar 182 muertos, según calcula la ONG Salvemos al Fútbol. Grondona fue denunciado en varias ocasiones por violación a la ley de violencia en el deporte. La más reciente la hizo la ONG “Fútbol en paz en la Argentina” por entregarle 900 entradas a barrabravas durante el último Mundial. Pero la relación de Grondona con los barrabravas no es nueva. Él mismo reconoció años atrás ante la Comisión de Deportes de la Cámara baja, que “barras bravas hay en todas partes, inclusive en esta casa”, en referencia a la AFA.
Desde una mirada resultadista, como la que alentó sosteniendo ocho años (1982/1990) a Carlos Bilardo como técnico del seleccionado nacional y luego ungiéndolo como director de Seleccionados Nacionales, la obra de Grondona resulta incomparable e imbatible. Durante su mandato, se ganó el título mundial de 1986 bajo el influjo del genio de Diego Maradona (el mismo al que en Brasil ingratamente calificó de “mufa”) y se jugaron las finales de 1990 y la última de este año. También se lograron seis campeonatos mundiales juveniles (1979,1995, 1997, 2002, 2005 y 2007), dos medallas doradas olímpicas (2004 y 2008) y una de plata (1996). Grondona supo convertir a los seleccionados nacionales en el activo más importante de la AFA y los cobijó y preparó en el complejo deportivo de Ezeiza, concebido y construido durante su mandato. A cambio, metió la cuchara en todo y les hizo sentir a los técnicos que dirigieron el equipo mayor en estos 35 años (salvo con Bilardo, acabó peleado con todos) que la Selección era un bien propio con el que podía hacer lo que le viniera en gana.
Pero los éxitos deportivos no alcanzan a tapar las pesadas sombras que arroja el mandato más largo que dirigente alguno haya tenido en el fútbol argentino. No obstante los dineros de la televisión que hizo fluir primero aliándose con Clarín y TyC y luego con el kirchnerismo, Grondona dejó este mundo sin encarrilar la economía de los clubes, acaso porque allí estaba la base de su poder discrecional. AFA rica, clubes pobres fue su lema, y canjear dinero y favores por alineamiento irrestricto, el estilo que se le hizo costumbre. Tampoco pareció demasiado comprometido con la erradicación de la violencia en los estadios y de los barrabravas, a quienes siempre los concibió como parte insustituible del paisaje futbolero nacional.
Las sospechas de manejos turbios y de corrupción endémica económica y deportiva, como el escándalo de la venta de entradas durante el Mundial de Brasil, sobrevolaron su gestión. Cuando ya era un hombre gastado y decaído que se dormía sentado viendo los partidos de la Selección o asistiendo a los actos que su función le obligaba. Pero que resultaba implacable a la hora de generar y conservar de su poder. Ese que hasta ayer ejerció sin miramientos. Como lo que verdaderamente fue: el único dueño de la pelota.

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